Can: La roca filosofal

Can, la banda más avanzada del rock europeo de todos los tiempos —se dice pronto—, echaba cerrojo a su andadura en 1979, tras once años de fructífera actividad. Irradiada incesantemente a través de varias generaciones de músicos y público, su hendidura en la memoria colectiva no ha hecho sino agrandarse desde entonces. Hasta el extremo de que ya son pasto de camisetas, y varias las levas de próceres modernosos trocando en prestigiosa divisa su nombre y el género en el que teóricamente se inscribían, el krautrock o rock alemán. Más allá de esa influencia manifiesta que desafía pertinaz a tiempo y olvido, más allá del papanatismo retroactivo, la renuncia a la permanencia física no impedía puntuales reapariciones del grupo en 1986, 1988 —dando lugar a un último álbum oficial, Rite time—, 1991 —desprendiéndose un tema para la BSO de Hasta el fin del mundo de Wim Wenders— y 1999, con la gira Can Solo Projects, actuando cada miembro por separado, al frente de los proyectos que por entonces se hallaban pilotando.

Un nuevo advenimiento está previsto para el próximo 8 de abril en el Barbican Hall de Londres. A nombre de The Can Project, dos de sus miembros originales celebrarán con ese concierto el quincuagésimo aniversario de la banda. En la primera parte, la London Symphony Orchestra interpretará la pieza orquestal An homage to Can, revisando extractos de las canciones más conocidas de la formación. En la segunda, acompañados de Thurston Moore y Steve Shelley de Sonic Youth, y de otros artistas invitados cuya identidad no se ha desvelado, los supervivientes de Can se reconstituirán en una suerte de superbanda pre-posmoderna.

El reciente óbito de Jaki Liebezeit, batería de Can y uno de sus signos identitarios más protuberantes, no ha obstaculizado una conmemoración que de todos modos, salvo a niveles sentimentales, poco podrá reforzar una leyenda plenamente consolidada, mantenida viva por mediación de diversos conductos: la constante reedición de su obra y apurado de vastos archivos; la presencia de canciones suyas en bandas sonoras como The bling ring, Life after Beth, Puro vicio y High rise; los cuantiosos sampleados de que continúan siendo víctima sus discos; dos libros sobre su historia, cuatro si contamos los nuevos volúmenes a publicar en breve por Faber & Faber. Hasta el New York Times los citaba en la necrológica de Bowie, comprendidos con Kraftwerk y Neu! entre los intereses recabados por el Duque durante su etapa berlinesa.

Sin hablar de las numerosas versiones de su cancionero que van acumulándose por doquier —la de «The thief» por parte de Radiohead, por ejemplo—, otro factor contributivo a esa perpetuación de la vigencia de Can ha sido el indesmayable quehacer de sus miembros a lo largo del siglo XXI —con excepción del guitarrista Michael Karoli, fallecido en 2001—, aunque en ningún caso supere los logros de Can; sea exprimiendo el legado del grupo, caso del vocalista Malcolm Mooney al revivir el LP Monster movie, o aprovechando la inercia del mito para vender dudosos espectáculos cuyo mayor reclamo es la procedencia de su protagonista, como sucede con Damo Suzuki, segundo cantante de Can. Más provechosas han resultado las trayectorias de Liebezeit, el bajista Holger Czukay y el teclista Irmin Schmidt. Este último, autor de una ópera y colaborador de Kumo, abundando en bandas sonoras propias o ajenas, caso de la escrita por Thurston Moore para Street, que interpretaban juntos el pasado mayo en el Museo del Louvre.

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Jaime Gonzalo.

Chuck Berry: Rock and roll music

Chuck Berry: Rock and roll music

La discografía de Chuck Berry, tan extensa como poco conocida, describe mejor que cualquier palabra el significado del R&R. Superpoblada de clásicos atemporales, e inspiradas curiosidades, es a la cultura rock lo que los diez mandamientos al cristianismo. Palabras mayores.

A eso se le llama universalidad. Rebasados Júpiter y Saturno, en lo más profundo del hiper-espacio, existe una grabación de «Johnny B. Goode». Fue lanzada con otros mensajes representativos de la civilización humana a bordo del Voyager I. Un satélite que la NASA envió a través de mudas constelaciones en busca de otras hipotéticas formas de vida inteligente. Mientras cumple su destino cósmico aquí abajo los efectos de «Johnny B. Goode», una de las más eternas expresiones del R&R, continúan perdurando con la misma fuerza que el primer día.

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Cervantes, el ácrata antisistema

Cervantes, el ácrata antisistema

Exiliados en Argelia al concluir la contienda incivil y pertenecientes al Movimiento Libertario Español en Africa del Norte, el domingo 3 de junio de 1945 varios anarquistas encaminaron sus pasos hacia un ralo descampado, amenazado ya por la expansión urbanística de Argel. En ese solar se recogía una cueva, motivo de la peregrinación. Voces ancestrales aseguraban que en ella había permanecido escondido Cervantes, durante su tercer intento de fuga de los corsarios argelinos. Legitimaban esa hipótesis tres placas y un busto que, ubicados en la gruta entre 1887 y 1925, honraban la memoria del escritor, todo ello sufragado por la colonia española y la Cámara de Comercio de Argel, y con el nombre del cónsul español del momento inscrito en cada una de las ofrendas.
Pedro Herrera, uno de los dirigentes de la FAI, Federación Anarquista Ibérica, y sus acompañantes, se dirigían precisamente al santuario-escondrijo para desoficializar esa apropiación indebida de la figura del manco de Lepanto, con la que los mercaderes reificaban con huero españolismo a aquel prestigioso referente internacional, principando el proceso que a la postre lo convertiría en mascota cultural de estado. Dedicándole su propia placa, los anarquistas perpetraban un acto de valor simbólico, reclamando para la España exiliada, la España vencida, a ese otro desdichado cautivo e inmigrante forzoso que fue Cervantes.
Entre los andarines libertarios cervantinos se hallaba así mismo el navarro José María Puyol, otro militante, durante la guerra responsable de los periódicos ceneteistas Liberación y Emancipación, en esos momentos enfrascado en la finalización de Don Quijote de Alcalá de Henares. Publicado al año siguiente, el libro sería un apasionado, santificador y referencial retrato de un Cervantes utopista y libertario, al que leer desde una perspectiva antifascista en los nuevos tiempos que se delineaban durante la postguerra. “Solo tuvo un amigo: el pueblo”, diría Puyol en los actos celebradores de la colocación de la placa. Para ese autor, Cervantes era un pobre y desafortunado proletario que, reacio a dispensar lisonjas, se resolvía incompatible con el cortesanado, aferrado a la libertad de expresión que podía permitirse en boca de sus personajes, especialmente si estos estaban locos como el senil hidalgo, escapando así de la censura inquisitorial. Un Cervantes que acusa de ladrones a los editores y de sinvergüenzas a los políticos. Un Cervantes crítico, paladín de la libertad, tan republicano como aquellos refugiados que le homenajeaban.

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Jaime Gonzalo.

José Luis Moreno-Ruiz: La demolición de la movida

Alaska, Sigfrido Martín Begué, Fabio de Miguel, Blanca Sánchez, Antonio Alvarado y Tino Casal. Foto: Pablo Pérez Mínguez.

En el pasado número de febrero (230) de la revista Cáñamo se publicó una versión abreviada de esta entrevista con José Luis Moreno-Ruiz al hilo de su libro La movida modernosa. A continuación el texto completo:

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José Luis Moreno-Ruiz: La demolición de la movida

Texto: Jaime Gonzalo.

Traductor de Conrad, Melville, Chesterton y Stevenson; autor de novelas, relatos y ensayos; protagonista de un par de discos en colaboración con Javier Corcobado; intrépido reportero de Interviú, José Luís Moreno-Ruiz (Santander, 1953) fue también durante los años 80 conductor de uno de los más valorados programas de Radio 3, Rosa de sanatorio. En las tripas de ese radiofónico ente fue testigo directo de las peristaltias políticas y económicas, del arribismo y los enconos intestinos que facultaron la modernización estética de España cuando el PSOE se hizo con el poder y con la movida, expurgándola de espontaneidad y muchas cosas más. La movida modernosa: Crónica de una imbecilidad política (La Felguera, 2016) escruta con pasmosa y polémica incorrección el subvencionamiento de la mediocridad artística, la manipulación mediática y las triquiñuelas políticas que durante aquel periodo se escenificaron en aras del constructo democrático. Un libro culto pero divertidamente locuaz que irritará a muchos y deleitará a otros tantos, donde todos o casi todos aquellos que chuparon de la rueda movideña —Almodóvar es un claro ejemplo— sirven de diana a una brutal sinceridad que se hunde como dardo en corcho.

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Nueva columna en Rockdelux: «Creem: Celulosa zombi»

Se publica hoy una nueva edición de mi columna en Rockdelux, dedicada esta vez al documental sobre la revista Creem:

CREEM: CELULOSA ZOMBI

No debería suponer un acontecimiento excepcional que se le dedique un documental a una histórica revista de rock, ‘Creem’ (1969-1989); pero no solo resulta insólito, sino que ejemplifica el olvido y la devaluación que han hecho mella en este tipo de publicaciones. Junto a la avalancha de avances tecnológicos, y la transformación de hábitos de consumo en el mercado, invita esa circunstancia a reflexionar sobre el difícil presente e incierto futuro de la prensa musical impresa. Jaime Gonzalo, siempre tan optimista, se encarga de ello.

Es el de la música popular un género proclive al documentalismo cinematográfico, tan pródigo que ha dado hasta para vertebrar un festival especializado como el In-Edit. Escrutado a través de todos los niveles de la piramidal jerarquía de su industria, llama la atención que el periodístico todavía permanezca exento, lo cual, al fin y al cabo, no debería resultarnos inaudito. Ya a mediados de los setenta, hasta el último monosabio de la discográfica más cerril lo tenía claro: frente a la radio y la televisión, la palabra escrita era papel mojado. A la cola de sus intereses promocionales, mal vistos cuando no sospechosos, salvo las vacas sagradas de turno, quienes intentaban abrirse camino en la prensa rock, al menos la española, estaban considerados unos parias, gentuza en el mejor de los casos. Cierto, vivió aquella generación de plumillas los últimos esplendores del oligopolio discográfico, astillando algún que otro viaje, cena o vernissage, pequeñas dádivas en especies y limosnas varias, además del avituallamiento de novedades. Migajas, comparados esos “privilegios” con el relieve del que, contrariamente a lo estipulado por los ejecutivos discográficos, todavía gozaba entre la afición el oficio de escribir sobre rock y pop.

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Jaime Gonzalo.

 

«Tu pistola no me mola»

Publicado un nuevo artículo en la web de O · Estudio Creativo:

¡Tu pistola no me mola!

Como los calibres, hay opiniones para todos los gustos cuando concurre el dilema de si la música popular debe no ya apoyar o no la libre tenencia de armas, sino fomentar a través de ellas la cultura de la violencia. Al fin y al cabo, es legal lo que es real, como cantaba Howard Devoto en «Shot by both sides».

Lo dijo William Burroughs: «Después de un tiroteo siempre quieren arrebatar las armas a las personas que no han disparado. Tan cierto como el infierno que no me gustaría vivir en una sociedad donde los únicos a los que se permite portar armas son policías y militares». Es de sus citas más conocidas, y no deja de resultar irónico que el grupo político Gun Owners of America la desviara en un meme colgado en su muro de Facebook.

Así como unos las necesitan para no dejar tranquilos a los demás, Burroughs prefería utilizar las armas como póliza de tranquilidad. Ejecutor de su señora cuando jugando a Guillermo Tell la puntería le falló, tirador desde los ocho años, obsesionado con ellas a lo largo de toda una vida ―siempre dormía con un 38 bajo la almohada―, representa el de Burroughs el parecer de millones de personas, especialmente en Estados Unidos, donde la Segunda Enmienda garantiza que «el derecho del Pueblo a tener y portar armas no será vulnerado».

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Jaime Gonzalo.

«Glam Jurásico: Tuneadas ruinas de un futuro pasado»

The Cockettes

The Cockettes

El pasado martes 29 de noviembre publiqué este nuevo artículo en la web de O · Estudio Creativo:

Glam Jurásico
Tuneadas ruinas de un futuro pasado

Por Jaime Gonzalo

Rock’n’roll de la vieja escuela, el que reformulaba el glam con su estrambótico retrofuturismo a principios de los años setenta y bisexualizaba una subcultura hasta entonces acaparada por lo hetero, anclada al machismo de paquete prominente y groupies sumisas. Como el coñac Soberano, también podían ser cosa de hombres la cosmética, el lamé y las lentejuelas, las boas y los plumajes, los zapatos de tacón y plataforma, el esmalte de uñas. Mal asunto, ser mujer en esa afeminada galaxia: de las pocas que en ella se inscribieron –Bobbie McGee, Zenda Jacks– solo Suzi Quatro, la menos femenina de todas, ha pervivido en la olvidadiza conciencia colectiva.

Era el glam, como decía la canción de James Brown, “un mundo de hombres / que no sería nada sin una mujer o una chica”. La solución para cumplir con esa paridad que tanto repelía a la virilidad rockista no fue otra que fabricar un faux hermafroditismo, salvo excepciones –Jobriath– postizo cual bisoñé. Esa ambigüedad glam las transformaba a ellas en rudas rockeras de ramalazo lésbico, las Runaways y Quatro, y a ellos en emperifollados travelos de barba lijosa.

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Jaime Gonzalo.