«Glam Jurásico: Tuneadas ruinas de un futuro pasado»

The Cockettes

The Cockettes

El pasado martes 29 de noviembre publiqué este nuevo artículo en la web de O · Estudio Creativo:

Glam Jurásico
Tuneadas ruinas de un futuro pasado

Por Jaime Gonzalo

Rock’n’roll de la vieja escuela, el que reformulaba el glam con su estrambótico retrofuturismo a principios de los años setenta y bisexualizaba una subcultura hasta entonces acaparada por lo hetero, anclada al machismo de paquete prominente y groupies sumisas. Como el coñac Soberano, también podían ser cosa de hombres la cosmética, el lamé y las lentejuelas, las boas y los plumajes, los zapatos de tacón y plataforma, el esmalte de uñas. Mal asunto, ser mujer en esa afeminada galaxia: de las pocas que en ella se inscribieron –Bobbie McGee, Zenda Jacks– solo Suzi Quatro, la menos femenina de todas, ha pervivido en la olvidadiza conciencia colectiva.

Era el glam, como decía la canción de James Brown, “un mundo de hombres / que no sería nada sin una mujer o una chica”. La solución para cumplir con esa paridad que tanto repelía a la virilidad rockista no fue otra que fabricar un faux hermafroditismo, salvo excepciones –Jobriath– postizo cual bisoñé. Esa ambigüedad glam las transformaba a ellas en rudas rockeras de ramalazo lésbico, las Runaways y Quatro, y a ellos en emperifollados travelos de barba lijosa.

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Jaime Gonzalo.

 

Esto tampoco es una pipa

Adefesio con fachada de película realizado en 1998 por Todd Haynes, a Velvet goldmine, donde los Stooges disponían de un ersatz de chichinabo llamado The Ratz, cabría aplicarle el mismo rasero que, a fin de dilucidar la contradicción entre representante y representado, entre imagen y original, utilizó Foucault con Ceci n’est pas une pipe, el lienzo de Magritte. Tan contradictoria con los hechos resultaba aquella ucrónica semblanza del glam, que cualquiera que en su momento hubiera gozado y padecido esa tendencia podía escribir un sesudo volumen, ni que fuera para explicarse su perplejidad. Como fuere, por diferentes causas, y a través de diversos agentes, Velvet goldmine desencadenaba la reunión de los Stooges, e indirectamente el documental Gimme danger, que pone colofón junto al inminente libro a editar por Jack White a la rehabilitación histórica de la banda nodriza de Iggy Pop.

Otro trasunto, a fin de cuentas, esa resurrección hacía ascos sin tapujos a la justicia poética para deslizar sotto voce una revancha económica en toda regla, apurando con afán de caja registradora los despojos de la banda, su fondo de catálogo y su renovado eco mediático. Nada que objetar. Se lo merecían todos y cada uno de ellos. Qué menos que asegurarse el retiro, aunque irónicamente a dos de sus miembros fundadores el volver a los escenarios les acortara la vida. Exenta de autocrítica, en misión estrictamente divinizadora, sustentada por sólidos espectáculos y dos infames nuevos discos, disponía esa tesitura con Gimme danger de una oportunidad para, al menos, no reincidir en la mistificación. Lástima, lejos de horadar la corteza de la imagen proyectada para llegar hasta el original proyector, Jim Jarmusch ha tomado a su manera el mismo desvío que Velvet goldmine, deformando la historia, en esta ocasión no por histrionización, sino por omisión.

Académico, sinóptico, en su conjunto Gimme danger da ecuánime medida del relato Stooge. Eruditos y profanos pueden saborear sus imágenes, la historia que estas exponen, siempre que no se formulen demasiadas preguntas y acaten lo medido de un discurso, moderado, tibio, cuya docilidad analítica colisiona frontalmente con el título del documental. Da la sensación, el aparato narrativo aquí orquestado, de articular una versión rebajada, autorizada para todos los públicos, que lima las aristas más incómodas hasta borrarlas del mapa. Están los huesos, la sangre y la carne, pero el alma se escapa por las rendijas, huye como el aire de un neumático apuñalado. So pena de pasar por morbosos o chafarderos, no parece de recibo que el guión y las conversaciones no husmeen ni de paso por las complejidades inherentes a un alambique de tan retorcido trazado como el del que intestinalmente se escanció la esencia humana de The Stooges, su psicología y su patología.

Con deportiva desenvoltura se minimiza en el caso de las drogas el papel que estas jugaron no ya en la música y la determinación con que la condujeron hasta las mas extremas coordenadas, que nunca se resintieron, sino en el seno de la banda y sus tortuosas, suicidas contracciones y decisiones. Una minucia hagiográfica, no obstante, comparada con la radical extirpación de aquellos tejidos más tumorados del cáncer viviente que fueron The Stooges entre 1969-1974. En concreto los referentes a la personalidad de su principal actor, Iggy, y un superego que no reparó en manipulaciones, deslealtades, engaños, ingratitud y cuchilladas traperas. Con esos ojazos de cervatillo deslumbrado y una embaucadora sonrisa, la Iguana domina en pantalla el oficio de simular no haber roto nunca una vajilla. Ni rastro de su reverso tenebroso, de su egoísmo, ni del sistemático ninguneo, cuando no desprecio, que deparó a los hermanos Asheton en vida y en muerte del grupo.

¡Qué triste contraste, en las secuencias en que aparecen juntos, entre un Iggy superviviente, con el negocio ordenado, a buen recaudo su suerte, y un Scott Asheton baldado por la vida, exhausto y roto! La celebración justifica la expurgación, y autoriza la complicidad de quienes no rechistan, el olvido, las mentiras, puesto que no otra cosa que el mito, y sus plusvalías, es lo que se celebra. Más portentosa pero también más miserable, la realidad es objeto en Gimme danger de la misma «traición cultural» de la que en determinado momento habla Iggy, refiriéndose a la actitud de la industria discográfica durante la embriaguez hippy, difusora de un falso romanticismo. La traición de Pop y su secuaz Jarmusch ha sido ignorar hipócritamente que «uno de los más altos grados de la sabiduría es el arte de exponer debilidades y publicar defectos», dándole así la razón a Swift cuando concluía que ese desempeño no era «ni mejor ni peor que el de quitarse la máscara, costumbre que nunca ha estado permitida, ni en la vida ni en el teatro».

Jaime Gonzalo.

*Texto publicado en In-Edit Beat.

Artículo en ‘Cáñamo’: «Las drogas de la guerra»

EBRIOS DE ODIO Y SANGRE, Y DE TANTAS OTRAS COSAS

Las Drogas De La Guerra

En la batalla, lo extraño es que la soldadesca no se desapegue de la droga más adictiva de todas, la vida, quitándosela. Para impedirlo, las intendencias han hecho desde antiguo uso de todo tipo de sustancias embriagantes con tal de pervertir la realidad. Repasamos los botiquines de la barbarie con una relación de las drogas que han jugado un papel destacado en la historia de la autodestrucción humana.

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Artículo en ‘Periferias.org’: «Tomando drogas para drogarse con música con la que tomar drogas»

El pasado viernes 7 de octubre se publicó en la web del festival oscense Periferias este nuevo artículo:

A finales de los 70, hallándome padeciendo el servicio militar, regresaba de un permiso al cuartel llevando conmigo un flamante Walkman adquirido en Andorra. Todavía inédito en España, ese audiorreproductor portátil patentado por Sony, al reportarme en el cuerpo de guardia un sargento chusquero reparó suspicaz en el artilugio y sus extensiones.

“¿Qué coño es eso que llevas en la cabeza?”. Informé a aquel alcornoque como pude, sin hendir la menor mella en su comprensión. Muerto de cansancio y con ganas de pillar el camastro, sugerí que lo comprobara él mismo. “¡De eso nada, si explota, que te explote a tí!”, bramó, rechazando los auriculares como si fuera arma de las que carga el diablo.

Desde sus angostas entendederas anegadas en calimocho y Fundador, al pronunciar vade retro aquel ignaro conmilitón presentía instintivamente el inflamable potencial transformador de la música, esa volátil antimateria, agente distorsionador de la conciencia, y por lo tanto de la realidad.

Leer artículo completo en Periferias.org →

Jaime Gonzalo.

Nueva columna en Rockdelux: «Humo en el agua: Milagros del rock»

Este pasado lunes, día 26, se ha publicado la nueva columna que he escrito para la web de Rockdelux, «Humo en el agua: Milagros del rock»…

Hechas la una para la otra, publicidad y música rock protagonizan desde hace tiempo proverbial simbiosis en el imaginario del espectáculo del consumo. En ese escenario donde se restañan los estragos del horror vacui y otras compulsiones humanas, la transformación del rock en abalorio de transversales destellos, bisutería simbólica, ha traspasado los límites del fondo musical para formar parte intrínseca del mensaje. Puede que el rock ya no ayude a transformar vidas, pero su complicidad para conseguir engañarlas se demuestra igual de útil, asegura Jaime Gonzalo.

Si tal modalidad existe, el ejercicio de cierto “pensamiento rock” no gana para chascos. Un pensamiento o reflexión crítica disidente, decimos, que, del mismo modo que negaba Kant condición científica a la metafísica, descarta a estas alturas la existencia del rock en calidad de fenómeno cultural y duda que su incidencia social, más allá del consumo de festivales, descargas y camisetas, se resuelva significativa, trascendente. A los lectores de prensa rock les incomodan estas monsergas, y a los críticos de rock conservacionistas tampoco les hace gracia que su cometido sea reducido a práctica forense. Recolecta el apóstata amigos, pues, al denunciar esas ilusiones que él considera falaces. Sería redundantemente iluso aguardar lo contrario. El rock, el rock’n’roll, es una cuestión de fe religiosa y fanatismo irracional, como el fútbol, e invocan los creyentes, y los que de él viven o sobreviven, mil razones para descartar discusión. Se venera en ese altar a un atiesado constructo, que, como Díaz de Vivar o los legionarios del fuerte Zinderneuf, pone su rigor mortis a disposición de unas pasiones que hacen insignificantes las ideas.

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Jaime Gonzalo.

Entrevista en ‘El Diario Vasco’ sobre ‘Mercancía del horror’

Stiv Bators al frente de Dead Boys en el Roundhouse, Londres, 1978. Foto: Ray Stevenson.

Stiv Bators al frente de Dead Boys en el Roundhouse, Londres, 1978. Foto: Ray Stevenson.

Arturo García firma esta entrevista que publicó El Diario Vasco el pasado viernes, 26 de agosto, en la cual hablo de mi último libro, Mercancía del horror, y de las relaciones entre fascismo, rock, idolatría y el propio individuo…

David Bowie, Sid Vicious, Lemmy de Motorhead, Keith Moon, Brian Jones de los Stones, Joy Division, Siouxsie, Eric Clapton, Bryan Ferry, Stiv Bators, Blue Oyster Cult o Jimmy Page de Led Zeppelin vestido de nazi en plena gira, todos tienen algo en común. En algún momento de sus carreras, por el motivo que fuera, casi siempre estético o provocador, jugaron a incorporar elementos o actitudes fascistas y nazis dentro de su propuesta escénica, estética o musical. El periodista musical Jaime Gonzalo ha rastreado en su nuevo ensayo ‘Mercancía del horror’, las huellas del impacto del fascismo en la cultura popular, especialmente en el rock y géneros como el punk, la música industrial o el hardcore.

¿Qué le llevó a indagar en esa conexión entre el fascismo y el mundo del pop y el rock?

La curiosidad personal. Fue tirar de un hilo y la verdad es que había mucho que cortar. Tanto, que incluso no ha cabido todo en este libro.

¿La labor de documentación fue complicada? ¿no han intentado borrar las estrellas esos escarceos?

Las hemerotecas son recordatorios fieles de lo bueno o malo que pueda uno hacer o decir. No creo ni que hayan querido borrar eso. Es más, creo que más de uno no tendrá ningún reparo o cargo de conciencia por haber dicho lo que dijo o vestido la ropa que vistió. En cualquier caso, el libro no pretende juzgar a nadie ni toma postura en ese sentido.

Lee la entrevista completa en ‘El Diario Vasco’→

Jaime Gonzalo.