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Artículos escritos por Jaime Gonzalo.

NUEVOS MANIFIESTOS SURREALISTAS. Rock Francés de Vanguardia 1963-1985

Mala intención o incompetencia, si no ambas cosas a la vez, cualquiera que fuera la causa, este artículo apareció publicado, hace unos meses en Ruta 66, con unas alteraciones que lo desvirtuaron sensiblemente, atribuyendo parte del texto a otro autor y rompiendo caprichosamente su esquema narrativo. He aquí la versión original.

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Magma

Magma

Exhumo de mis archivos un anciano número de Rock & Folk, cabecera decana de la prensa rock francesa, seguramente, con NME, de las primeras publicaciones musicales que se importaron en España. Hojeemos por encima el contenido del ejemplar en cuestión, perteneciente a diciembre de 1968: La edición parisina de ese año del American Folk Blues Festival, con figuras estelares como John Lee Hooker y Jimmy Reed. Los Mothers of Invention en el Olympia. El Paris Jazz Festival, con, entre otros, Dizzy Gillespie, Sony Murray y Ravi Shankar. Una extensa previa de Beggar’s Banquet, un reportaje sobre Yellow Submarine. Y entre la copiosa publicidad, de instrumentos y equipos de todo tipo, de libros y partituras, anuncios de las inminentes ediciones domésticas de los últimos lps de Fugs, Grateful Dead, Doors, Jimi Hendrix Experience…todo en tiempo real, apenas unos meses despues de que las revueltas de mayo paralizaran el país. Estábamos muy cerca de aquello, pero da idea esta somera relación de lo mucho que aquí en España, comparativamente, nos perdíamos o conocíamos con demora. También, de la estrecha sincronía del país vecino con el pulso de las “new directions” del momento, iniciada en la década de los 50, despues de la guerra, una vez Estados Unidos utilizara Francia como tubo probeta de la implantación en Europa del capitalismo de consumo.

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NO SE PUEDE SER REBELDE CUANDO LA REBELIÓN ES LA NORMA

"Wall Street is War Street"

Lenta pero tenazmente, desde que en 1996 comenzara sus andanzas como «colectivo de trabajadores culturales», La Felguera, gestora también de una revista, se ha hecho un hueco en la vanguardia del frente editorial contracultural que Virus desde Barcelona y Pepitas de Calabaza en Logroño, entre otros, sostienen en activo en España. Dicen hacer lo que hacen por el simple placer de hacerlo, y encima les cuadran los números. Hablamos con su corresponsable Servando Rocha (1974), autor de uno de los más sonados tomos del catálogo de esta editorial madrileña, Historia de un Incendio, complemento idóneo de Rastros de Carmín, y antiguo miembro de Muletrain.

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Nuestros Hijos Nos Matarán Mientras Dormimos

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¿Dónde, cuándo y cómo detona el disparo de salida? Murray Wilson arrancándose el ojo de cristal de la cuenca y arrojándoselo furibundo a Brian, el mayor de sus tres despavoridos hijos. La familia Manson, instruida por su particular exégesis de «Helter skelter», abriendo en canal a una gestante Sharon Tate para culminar el asalto al 1005 de Cielo Drive. Phil Spector agujereando el techo de los estudios Gold Star a tiro limpio. Arthur Lee conversando cara a cara con la afilada guadaña de la parca en las más jacosas frondosidades de Laurel Canyon. Los Stooges en misión de busca-y-destruye por su malherida psique durante la domiciliación del grupo en las colinas de Hollywood. Kim Fowley dirigiendo un sello discográfico desde la cabina telefónica de una gasolinera de Sunset Boulevard. Larry Williams presentándose en la mansión de Beverly Hills donde Little Richard ha instalado su infierno artificial y encañonándole con un revolver para que afore los kilos de cocaína que le adeuda. Joan Jett escribiendo para las Runaways en San Fernando Valley aquellos inmortales versos… «no soporto mi casa y no soporto la escuela/soy la zorra que habeis estado esperando/hola mami, hola papi, soy vuestra bomba fétida/hola mundo, soy vuestra chica salvaje».

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The Stooges (II). Bailando al ritmo de los muertos vivientes

La totémica Gibson de James Williamson

La totémica Gibson de James Williamson, puesta a punto.

Suspicaces, preguntémonos en primer lugar si esta gira con motivo de la presentación oficial de Raw Power en Europa, treinta y siete años después de su publicación oficial, habría sido posible de continuar con vida Ron Asheton. Es bien sabida la animadversión de éste hacia el último álbum oficial de una banda que para entonces ya le había sido arrebatada. Una banda que, arruinada, sin contrato discográfico ni agente, en verano de 1971 se quedaba tirada en la estacada, desertada por un Pop urgentemente necesitado de desintoxicación, pero también deslumbrado por aquellos comentarios y confidencias que le atribuían un potencial éxito sin los Stooges, a los que por otro lado él consideraba creativamente agotados, finitos. Sus planes secretos se centraban en hacer algo grande por su cuenta, y para eso se bastaba y sobraba con James Williamson, en funciones de director musical. Sólo es una teoría, no del todo descabellada, como puedan serlo las que persigan respuesta al por qué cuando en 1972 ese «algo grande» llegó a plasmarse, finalmente lo hizo acreditado no a su antropónimo sino a nombre de Stooges

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Cocaína. Blanco nuclear.

Ruta 66 con portada del Informe Farlopa.

Número de Ruta 66 con portada del Informe Farlopa.

La farlopa se consume de todas las maneras posibles y en cualquier ámbito social. Nunca pasa de moda y su uso recreativo se expande sin tregua. Más o menos perjudicial que el alcohol, amante diligente o perra destructiva, una cosa está clara de la cocaína: es la sustancia ilegal más codiciada del planeta.

Todos los farlópodos coinciden en una cosa, lo peor de la perica es que se acaba, con el fastidioso agravante, por ende, de hacerlo demasiado pronto. ¡A cuántos episodios patéticos de busca y captura habrá precipitado la consternadora visión de una papelina súbitamente vacía! ¡qué desesperada vileza no habremos estado dispuestos a cometer con tal de procurarnos más polvos, aunque su aspecto y sabor sean sospechosamente idénticos a los del yeso molido! Por muy servido que vayas, toda oposición es inútil. Tampoco vale dárselas de estrecho y repetirse aquello tan iluso de “esta noche ni un tirito, una copa y a casa”. Ante la sola mención de la palabra fatal, !!coca!!, los ladridos de los chuchos de Paulov empiezan a propagarse por nuestros neurotransmisores con acaparadoras resonancias. El mensaje es pristino: el mundo es una roca y hay que esnifársela.

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Por favor, insúltame

De qué va el rock macarra

"De qué va el rock macarra", por Diego Manrique. Primer libro sobre punk en España.

Bonito marrón. Anda la cúpula mofetil urdiendo un número especial dedicado al punk y mi colaboración es requerida. Como ya están todos los temas adjudicados, me toca lo que nadie más ha querido, deduzco. En líneas generales, se trata de trazar un recorrido didáctico, divagación si lo prefieren, por la etimología de la palabra «punk»; es decir, exponer el origen de dicho vocablo, «la razón de su existencia, de su significación y de su forma», que dice el amigo Julio Casares en su diccionario ideológico. ¿Hola? ¿Todavía siguen ahí? A priori, un tema soporífero para quien no sienta cariño por esas hermosas criaturas que son las palabras, madres de todo lenguaje. Apasionante, por el contrario, si nos dejamos guiar por la curiosidad natural, esa que nos conduce hacia lo insospechado. No es este ni lugar ni momento para recordar las enseñanzas de Octavio Paz sobre el poder poético de las palabras, pero si para evocar la primera explicación respecto a la génesis léxica del punk aparecida en la España de la época. Si no me equivoco y nadie más lo hizo antes, fue el ínclito Diego Manrique quien dedicaba un capítulo del librito De qué va el rock macarra (Ediciones La Piqueta, Madrid 1977) a la etimología del punk:

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The Stooges. Por encima de su cadáver

The Stooges - You Want My ActionLe deja siempre a uno demudado profanar lo ignoto. Como todo, el conocimiento es contradictorio. Cuando un haz de clarificadora luz ilumina aquellas regiones umbrías que durante mucho tiempo nos han estado vedadas, es como si al objeto de nuestra especulación, desde ese momento objeto de nuestra posesión, le arrancaran algo de magia, de misterio. Queda, la imaginación, arrobada. Una sensación de vacío se abate sobre esa euforia, esa gratificación sensorial recibida a través de la condición de trofeo cobrado que le atribuimos a la consecución de nuestro deseo, sea éste una persona, un objeto, un ideal, un dato. Ya no resta nada por desear, nada con lo que fantasear. Se viene abajo la intriga y de sus cascotes surgen los más o menos ordinarios hechos.
La industria discográfica ha alcanzado un alto grado de perfeccionamiento en el menester del desmantelamiento de deseos. Hasta que llegue el día en que no quede nada por exhumar, y llegará tarde o temprano, sería una digna materia de polémica dirimir si el hecho de que, por ejemplo, nos sean reveladas las sesiones completas de Bitches Brew de Miles Davis, suma o resta a nuestra percepción de la música y el individuo o individuos que la forjan. Puede ayudarnos a comprender mejor el proceso creativo, pero, del mismo modo que un creador tiene derecho a reservarse aquella información que no considera esencial, sino un medio más para alcanzar el fin, podemos arrogárnos ese derecho también los receptores para conservar incólume la impresión primigenia que nos ha producido esa obra tal y como ha sido concebida originalmente por su responsable. En el 95% de las ocasiones, nada sustancial se aporta con ese «material extra» que abona box sets y reediciones bajo guisa de bonificación o señuelo. Es más, cuántas veces no sería mejor que lo inédito permaneciera como estaba.

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Cine de delincuencia juvenil español 1976-1985

Con anterioridad a que el asunto estuviera de moda y hasta el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona le dedicara una exposición por todo lo alto, aparecía este artículo en el nº163 de Ruta 66, en el año 2000. Por aquel entonces las películas del género quinqui languidecían en los video-clubs, consultadas a menudo por el pueblo pero todavía a salvo de las carroñeras garras del culto. El Vaquilla aún vivía, y uno de los mayores alicientes de aquella empresa fue adentrarme en las fétidas tripas de la Vía Trajana, marginal barrio barcelonés en el que me entrevisté con camellos varios y parentela cercana del Vaquilla. Puro lúmpen suburbial, gueto quasi guantanamero, cercado por numerosas unidades móviles policiales, en el que en cada esquina se apostaba un vigía para gritar aquello de «¡¡agua!!» cuando la madera decidía internarse para dar una batida. Ríanse ustedes de las películas americanas. No creo que los individuos, alijos y arsenales armamentísticos que allí ví tuvieran parangón con nada de lo que la ficción cinematográfica ha urdido, incluida la quinqui.

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