EL CANALLA. Capítulo 40.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Mientras Maruja y Vanesa practicaban sexo lésbico en la intimidad, ha aparecido el Recortada completamente paposo y empuñando una dos cañones. Tras someter a ambas a asquerosas vejaciones, se le ha escapado el gatillo, pasándose un pelazo. Maruja yace despanzurrada en el suelo, víctima de un mortal disparo que le ha descargado el Recor cuando le estaba introduciendo el arma por el ojete.

***

Allí estaba la pobre Maru, deshechita y mas muerta que Luis Mariano; aun ya cadáver, sometida a un polvo post mortem por Vanesa, a su vez sodomizada por el Recortada y el Filomeno, preceptivamente empalado en el mugroso espadón del Recor, en una estampa de cuya artística eroticidad ya se dio cumplida cuenta. Pasado el subidón de la calentura, el Recor cayó en la que había liado y rascándose el cabezón dijo…

—Joeeeeeeeerrrr, menuo crito e montao zin dame cuenta. Zi yo zolo quería dibetime un ratiyo, de vedá, Vane, que yo no alvergava propózito de cargámela, te lo juro po Bambino. Pero a lo esho pesho, quiá. Que yo zoy un omve y no mashanto po na. Me zabe mar po ti, Vane. Ya zabrá tu po la pinícula que lo azezino no dejamo ratro ni tetigo. Tendré que date voleto, reina mora, pero ante un ashushon de depedía… Juas, juas, requetejuas…

El Recortada, lejos de arrepentirse de su crimen, se vio inundado de una renovada energía genital que decidió afirmar inyectándose por vena una cafiaspirina y tres sobres de sidral previamente reducidos al baño maría, envoltorio incluido. Agotada la botella de coñac de Paco, a base de bofetones le sacó al indefenso Filomeno, todavía ensartado en su miembro, los escondites donde el lejía guardaba a buen recaudo una garrafa de orujo y dos botellas de litro de Priorato a granel. Ventilados dichos brevajes en apenas dos tragos, violó veinte veces consecutivas a Vanesa y cuando se cansó de meterla se sacó a Filomeno de la minga como quien se arranca un calcetín. De tan vapuleada que se encontraba después de tanto meneo pélvico, Vanesa ni se enteró cuando el Recortada se puso a fisgonear en las cosas de Paco, dando con una taladradora Black & Decker que la Maru le había regalado por Reyes con la estúpida esperanza de que el hombre le encontrara gusto a aquello del bricolaje casero y dejara de hacer el crápula por ahí.

Con aquel nuevo instrumento de dolor en sus manos, el Recor se puso sádico perdido y rompió nada menos que doce brocas durante la fenomenal carnicería que inflingió al molido corpachón de la Vane. Para su tranquilidad, les diremos que la susodicha ya había perdido el sentido cuando el Recor, sin brocas de repuesto, le rebanó las orejas con su navaja trapera. Cansado y aburrido de tanto gore, el monstruo aquel decidió acabar su obra estrangulando a Vanesa, o mejor dicho al informe muñón que de ella quedaba, con el intestino grueso de Maruja. Filomeno, mudo testigo de la barbarie, tampoco escapó a las criminales intenciones del asesino. El Recortada lo agarró con una mano, lo lanzó al aire y, como aquel que practica tiro al plato, le descerrajó un escopetazo que pulverizó al pobre bicho, pringando la techumbre del pisito con sanguinolentos restos de chihuahua. Satisfecho como Rodin al concluir El pensador, el Recor contempló las dimensiones de su descantillada masacre. Ya en el quicio de la puerta, pronunció la siguiente sentencia…

—Porompompero, porompom porom, porompompero, porom… No me aguta que a lo toro te aponga la minifarda… tracatacatracatúm tracatúm…

¿Y dónde estaba Paco mientras toda esta tragedia sucedía? Refresquemos la memoria. Le habíamos dejado saliendo de Can Chicharelo, donde encargó a Gregorio que le enviara por correo la cabeza del inspector de Hacienda, para no cargar con ella toda la noche. Ya en la rue, él y Úrsula pusieron rumbo a Studio 54. En la internacionalmente famosa discoteca del Paralelo, se subieron ambos a lo más alto del gallinero, provistos de una caja de cubatas, diez tubos de lubricante tamaño familiar, un juego completo de dildos adquirido a un vendedor ambulante, cinco gramitos de spidvol pillados a un camello chileno y medio kilo de ácidos recién llegados de Extremadura a manos de uno de los porteros del 54. En las umbrías y recónditas alturas del local, como Quasimodo en las gárgolas de Notre Dame, se parapetaron los tórtolos durante dos días y sus respectivas noches, sin que nadie se percatara de su presencia, salvo, en horas en las que la discoteca funcionaba, aquellos que en la pista recibieron sobre sus cabezas las meadas, escupitajos, corridas, vomitonas y hasta jiñadas con que desde arriba les obsequió la simpática pareja. Eso por no mencionar a los que noquearon a dildazos furtivamente en sus incursiones al lavabo, solo para reírse un poco mas. Al tercer día salieron a hurtadillas de Studio 54 por un conducto de ventilación y se dejaron caer por la pensión Lolita, donde Úrsula residía habitualmente, a recoger un par de bragas limpias para esta. Diose la casualidad de que cuando entraron en la habitación de Úrsula atraparon in fraganti a otras cinco prostitutas, supuestamente amigas de ella, revolviéndole precisamente las bragas, pues el negocio no iba muy bien y no tenían ni para limpiarse las mudas. Iba ya la Úrsula a sacarles los ojos cuando Paco, con muy buen criterio, propuso que pagaran su frustrado latrocinio de tanguitas, panties y lencería varia prestándose a una orgía de descomunales proporciones durante la que se consumieron una botella de güisqui DYC que corría por allí, otra de Cinzano que una de las putas fue a buscar al drugstore de las Ramblas, los restos del estofado del día anterior y los ácidos que habían sobrado de la jarana en el 54. Menuda, la que organizaron. Baste decir que se pasaron un par de días más encerrados en la pensión Lolita, sumándose a la bacanal otras diez fulanas, dos clientes y Rufina, la encargada de cambiar las toallas. Total, una boufé de las que hacen historia.

En estas que a Paco se le ocurrió mirar la hora. «Uy, que tade sa esho», se dijo, y ni corto ni perezoso, de resacón supino y todavía con los tripis achicharrándole las pocas entendederas que tenía, se despidió de Úrsula propinándole un guantazo y se largó de allí no sin antes apropiarse de los escasos billetes que contenía la caja del meublé. Veía triple cuando identificó su hogar tras dar tumbos por la calle durante un par de horas. No importó este detalle en el momento de acceder al interior, pues la portería siempre estaba abierta, ya que les petaban la cerradura cada vez que la cambiaban, y en cuanto a la puerta de su casa, esta la había volatilizado el Recor a tiro limpio. Creyendo encontrarse todavía bajos los efectos del último tripi, que se había tomado para desayunar junto a un frankfurt medio roído recogido del suelo, al ver aquel macabro panorama, soltó…

—Mecaguen el hásido linsérjico y el cornesuelo senteno, que alusinasión ma flinpante… Eto zi que e zircondelia y no lo Pin Floí ezo.

EPILOGO:

¿Habrá tenido que ver también el frankfurt en la alucinógena confusión de Paco? ¿Llegará sano y salvo el cabolo del inspector de hacienda sin que nadie lo chorice por el camino en Correos? ¿Diría Paco lo mismo de Pink Floyd de escuchar detenidamente «Umaguma»? ¿Le dará un infarto a la señora de la limpieza de Studio 54 cuando descubra como han dejado Paco y Úrsula la parte superior del local? No se pierdan el próximo capítulo de El canalla. Una radionovela que le da la vuelta al cuentakilómetros de la repugnancia… y la de millas que nos quedan, jas.

© 2013 Jaime Gonzalo.

 

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