Archivo del Autor: Jaime Gonzalo

Entrevista de A Wamba Buluba Club

Entrevista de A Wamba Buluba Club

El local barcelonés A Wamba Buluba Club cuenta en su sitio web con un interesante apartado de publicaciones propias. Entre ellas se publica hoy una entrevista en vídeo, de cerca de una hora de duración, en la cual respondo a diversas cuestiones relacionadas con la prensa musical, el oficio de crítico, la situación actual de los negocios culturales y, especialmente, nos detenemos en los significados de la contracultura, reflexionando sobre los puntos de vista que expresé en la trilogía Poder freak.

Podéis ver la entrevista en este enlace.

Entrevista en la Feria del Libro sobre ‘Nunca te fíes de un crítico de rock’

El pasado 7 de junio, la madrileña emisora-escuela M21 me entrevistó en directo durante la Feria del Libro de Madrid, dentro de una edición del programa «Madrid con los cinco sentidos». A continuación podéis escuchar el corte de la entrevista, dedicado especialmente a mi último libro, la antología Nunca te fíes de un crítico de rock:

Can: La roca filosofal

Can, la banda más avanzada del rock europeo de todos los tiempos —se dice pronto—, echaba cerrojo a su andadura en 1979, tras once años de fructífera actividad. Irradiada incesantemente a través de varias generaciones de músicos y público, su hendidura en la memoria colectiva no ha hecho sino agrandarse desde entonces. Hasta el extremo de que ya son pasto de camisetas, y varias las levas de próceres modernosos trocando en prestigiosa divisa su nombre y el género en el que teóricamente se inscribían, el krautrock o rock alemán. Más allá de esa influencia manifiesta que desafía pertinaz a tiempo y olvido, más allá del papanatismo retroactivo, la renuncia a la permanencia física no impedía puntuales reapariciones del grupo en 1986, 1988 —dando lugar a un último álbum oficial, Rite time—, 1991 —desprendiéndose un tema para la BSO de Hasta el fin del mundo de Wim Wenders— y 1999, con la gira Can Solo Projects, actuando cada miembro por separado, al frente de los proyectos que por entonces se hallaban pilotando.

Un nuevo advenimiento está previsto para el próximo 8 de abril en el Barbican Hall de Londres. A nombre de The Can Project, dos de sus miembros originales celebrarán con ese concierto el quincuagésimo aniversario de la banda. En la primera parte, la London Symphony Orchestra interpretará la pieza orquestal An homage to Can, revisando extractos de las canciones más conocidas de la formación. En la segunda, acompañados de Thurston Moore y Steve Shelley de Sonic Youth, y de otros artistas invitados cuya identidad no se ha desvelado, los supervivientes de Can se reconstituirán en una suerte de superbanda pre-posmoderna.

El reciente óbito de Jaki Liebezeit, batería de Can y uno de sus signos identitarios más protuberantes, no ha obstaculizado una conmemoración que de todos modos, salvo a niveles sentimentales, poco podrá reforzar una leyenda plenamente consolidada, mantenida viva por mediación de diversos conductos: la constante reedición de su obra y apurado de vastos archivos; la presencia de canciones suyas en bandas sonoras como The bling ring, Life after Beth, Puro vicio y High rise; los cuantiosos sampleados de que continúan siendo víctima sus discos; dos libros sobre su historia, cuatro si contamos los nuevos volúmenes a publicar en breve por Faber & Faber. Hasta el New York Times los citaba en la necrológica de Bowie, comprendidos con Kraftwerk y Neu! entre los intereses recabados por el Duque durante su etapa berlinesa.

Sin hablar de las numerosas versiones de su cancionero que van acumulándose por doquier —la de «The thief» por parte de Radiohead, por ejemplo—, otro factor contributivo a esa perpetuación de la vigencia de Can ha sido el indesmayable quehacer de sus miembros a lo largo del siglo XXI —con excepción del guitarrista Michael Karoli, fallecido en 2001—, aunque en ningún caso supere los logros de Can; sea exprimiendo el legado del grupo, caso del vocalista Malcolm Mooney al revivir el LP Monster movie, o aprovechando la inercia del mito para vender dudosos espectáculos cuyo mayor reclamo es la procedencia de su protagonista, como sucede con Damo Suzuki, segundo cantante de Can. Más provechosas han resultado las trayectorias de Liebezeit, el bajista Holger Czukay y el teclista Irmin Schmidt. Este último, autor de una ópera y colaborador de Kumo, abundando en bandas sonoras propias o ajenas, caso de la escrita por Thurston Moore para Street, que interpretaban juntos el pasado mayo en el Museo del Louvre.

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Jaime Gonzalo.

Cervantes, el ácrata antisistema

Cervantes, el ácrata antisistema

Exiliados en Argelia al concluir la contienda incivil y pertenecientes al Movimiento Libertario Español en Africa del Norte, el domingo 3 de junio de 1945 varios anarquistas encaminaron sus pasos hacia un ralo descampado, amenazado ya por la expansión urbanística de Argel. En ese solar se recogía una cueva, motivo de la peregrinación. Voces ancestrales aseguraban que en ella había permanecido escondido Cervantes, durante su tercer intento de fuga de los corsarios argelinos. Legitimaban esa hipótesis tres placas y un busto que, ubicados en la gruta entre 1887 y 1925, honraban la memoria del escritor, todo ello sufragado por la colonia española y la Cámara de Comercio de Argel, y con el nombre del cónsul español del momento inscrito en cada una de las ofrendas.
Pedro Herrera, uno de los dirigentes de la FAI, Federación Anarquista Ibérica, y sus acompañantes, se dirigían precisamente al santuario-escondrijo para desoficializar esa apropiación indebida de la figura del manco de Lepanto, con la que los mercaderes reificaban con huero españolismo a aquel prestigioso referente internacional, principando el proceso que a la postre lo convertiría en mascota cultural de estado. Dedicándole su propia placa, los anarquistas perpetraban un acto de valor simbólico, reclamando para la España exiliada, la España vencida, a ese otro desdichado cautivo e inmigrante forzoso que fue Cervantes.
Entre los andarines libertarios cervantinos se hallaba así mismo el navarro José María Puyol, otro militante, durante la guerra responsable de los periódicos ceneteistas Liberación y Emancipación, en esos momentos enfrascado en la finalización de Don Quijote de Alcalá de Henares. Publicado al año siguiente, el libro sería un apasionado, santificador y referencial retrato de un Cervantes utopista y libertario, al que leer desde una perspectiva antifascista en los nuevos tiempos que se delineaban durante la postguerra. “Solo tuvo un amigo: el pueblo”, diría Puyol en los actos celebradores de la colocación de la placa. Para ese autor, Cervantes era un pobre y desafortunado proletario que, reacio a dispensar lisonjas, se resolvía incompatible con el cortesanado, aferrado a la libertad de expresión que podía permitirse en boca de sus personajes, especialmente si estos estaban locos como el senil hidalgo, escapando así de la censura inquisitorial. Un Cervantes que acusa de ladrones a los editores y de sinvergüenzas a los políticos. Un Cervantes crítico, paladín de la libertad, tan republicano como aquellos refugiados que le homenajeaban.

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Jaime Gonzalo.

Esto tampoco es una pipa

Adefesio con fachada de película realizado en 1998 por Todd Haynes, a Velvet goldmine, donde los Stooges disponían de un ersatz de chichinabo llamado The Ratz, cabría aplicarle el mismo rasero que, a fin de dilucidar la contradicción entre representante y representado, entre imagen y original, utilizó Foucault con Ceci n’est pas une pipe, el lienzo de Magritte. Tan contradictoria con los hechos resultaba aquella ucrónica semblanza del glam, que cualquiera que en su momento hubiera gozado y padecido esa tendencia podía escribir un sesudo volumen, ni que fuera para explicarse su perplejidad. Como fuere, por diferentes causas, y a través de diversos agentes, Velvet goldmine desencadenaba la reunión de los Stooges, e indirectamente el documental Gimme danger, que pone colofón junto al inminente libro a editar por Jack White a la rehabilitación histórica de la banda nodriza de Iggy Pop.

Otro trasunto, a fin de cuentas, esa resurrección hacía ascos sin tapujos a la justicia poética para deslizar sotto voce una revancha económica en toda regla, apurando con afán de caja registradora los despojos de la banda, su fondo de catálogo y su renovado eco mediático. Nada que objetar. Se lo merecían todos y cada uno de ellos. Qué menos que asegurarse el retiro, aunque irónicamente a dos de sus miembros fundadores el volver a los escenarios les acortara la vida. Exenta de autocrítica, en misión estrictamente divinizadora, sustentada por sólidos espectáculos y dos infames nuevos discos, disponía esa tesitura con Gimme danger de una oportunidad para, al menos, no reincidir en la mistificación. Lástima, lejos de horadar la corteza de la imagen proyectada para llegar hasta el original proyector, Jim Jarmusch ha tomado a su manera el mismo desvío que Velvet goldmine, deformando la historia, en esta ocasión no por histrionización, sino por omisión.

Académico, sinóptico, en su conjunto Gimme danger da ecuánime medida del relato Stooge. Eruditos y profanos pueden saborear sus imágenes, la historia que estas exponen, siempre que no se formulen demasiadas preguntas y acaten lo medido de un discurso, moderado, tibio, cuya docilidad analítica colisiona frontalmente con el título del documental. Da la sensación, el aparato narrativo aquí orquestado, de articular una versión rebajada, autorizada para todos los públicos, que lima las aristas más incómodas hasta borrarlas del mapa. Están los huesos, la sangre y la carne, pero el alma se escapa por las rendijas, huye como el aire de un neumático apuñalado. So pena de pasar por morbosos o chafarderos, no parece de recibo que el guión y las conversaciones no husmeen ni de paso por las complejidades inherentes a un alambique de tan retorcido trazado como el del que intestinalmente se escanció la esencia humana de The Stooges, su psicología y su patología.

Con deportiva desenvoltura se minimiza en el caso de las drogas el papel que estas jugaron no ya en la música y la determinación con que la condujeron hasta las mas extremas coordenadas, que nunca se resintieron, sino en el seno de la banda y sus tortuosas, suicidas contracciones y decisiones. Una minucia hagiográfica, no obstante, comparada con la radical extirpación de aquellos tejidos más tumorados del cáncer viviente que fueron The Stooges entre 1969-1974. En concreto los referentes a la personalidad de su principal actor, Iggy, y un superego que no reparó en manipulaciones, deslealtades, engaños, ingratitud y cuchilladas traperas. Con esos ojazos de cervatillo deslumbrado y una embaucadora sonrisa, la Iguana domina en pantalla el oficio de simular no haber roto nunca una vajilla. Ni rastro de su reverso tenebroso, de su egoísmo, ni del sistemático ninguneo, cuando no desprecio, que deparó a los hermanos Asheton en vida y en muerte del grupo.

¡Qué triste contraste, en las secuencias en que aparecen juntos, entre un Iggy superviviente, con el negocio ordenado, a buen recaudo su suerte, y un Scott Asheton baldado por la vida, exhausto y roto! La celebración justifica la expurgación, y autoriza la complicidad de quienes no rechistan, el olvido, las mentiras, puesto que no otra cosa que el mito, y sus plusvalías, es lo que se celebra. Más portentosa pero también más miserable, la realidad es objeto en Gimme danger de la misma «traición cultural» de la que en determinado momento habla Iggy, refiriéndose a la actitud de la industria discográfica durante la embriaguez hippy, difusora de un falso romanticismo. La traición de Pop y su secuaz Jarmusch ha sido ignorar hipócritamente que «uno de los más altos grados de la sabiduría es el arte de exponer debilidades y publicar defectos», dándole así la razón a Swift cuando concluía que ese desempeño no era «ni mejor ni peor que el de quitarse la máscara, costumbre que nunca ha estado permitida, ni en la vida ni en el teatro».

Jaime Gonzalo.

*Texto publicado en In-Edit Beat.

Artículo en ‘Cáñamo’: «Las drogas de la guerra»

EBRIOS DE ODIO Y SANGRE, Y DE TANTAS OTRAS COSAS

Las Drogas De La Guerra

En la batalla, lo extraño es que la soldadesca no se desapegue de la droga más adictiva de todas, la vida, quitándosela. Para impedirlo, las intendencias han hecho desde antiguo uso de todo tipo de sustancias embriagantes con tal de pervertir la realidad. Repasamos los botiquines de la barbarie con una relación de las drogas que han jugado un papel destacado en la historia de la autodestrucción humana.

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