EL CANALLA. Capítulo 45. [Final de la 2ª temporada]

RESUMEN DE LO ACONTECIDO

Tras la mefistofélica aparición de Mateo Sho Sho Lin, una ingente caterva de chinos salidos de la nada mantiene cercado a Paco en El Último Emperador de la China Mandarina, restaurante más diminuto que el testículo de una pulga, apenas capaz de contener a las dos mil y una personas, contando a Pacorro, allí abarrotadas. Agotadas las reservas gaseosas de este e imposibilitado de seguir pedándose, nuestro hombre está empezando a perder la paciencia.

***

Allí seguía Paquito, embutido entre aquella maloliente y encabronada humanidad chinata que continuaba dándose de capones e intercambiando escupitajos, sin posibilidad de moverse ni el uno ni los otros y con la infeliz perspectiva los segundos de acabar decapitados si antes de que apareciera nuevamente su amo y señor no hallaban una solución para desatascarse y dar mala cuenta de Paco. Por su parte, medio obnubilado por los vapores de sus propios cuescos y la claustrofobia oriental, el legionario fue asaltado por una febril oleada de visiones patrióticas que le trajeron a la memoria sus días en el tercio, luchando contra la repugnante morería.

Con los ojos en blanco, las venas de las sienes hinchadas, los puños crispados y el culete apretado, Paco empezó a levitar y, como un tapón de corcho eyectado de una botella de champán, hizo “tap” y se elevó suavemente un par de metros sobre el suelo, librándose de sus anonadados captores. Suspendido en el aire, Paco pasó a arengar a aquella purria malograda por la revolución cultural y los planes quinquenales… Su voz, que sonaba a ultratumba, parecía la del apocalipsis…

—Nooooo… Noooo pazareiiiii, degraziao, shinata der infierno.. No zavei bozotro conquién o la etái jugando, cabrone, shino coshino de la mierda. Yo zoy cavayero legionario y ante de que matrapei bibo o arranco er cabeso a too… ¡Biba mi tocayo Paquito Franco Bahamonde! ¡Biba er generá Mocardó! ¡Biba er capitán Trueno, Cripín, Goliá y Sigrí! ¡Biba er Javato, Motadelo i Filemón, Manolo Gomes Bur y Manolo Otero! ¡Arriva Epaña! ¡Biba er Beti manque pierda! ¡Olé mi pelota! ¡Zantiago i sierra Europa! ¡Po la Falange y la reconquita! ¡Po lo semone der padre Mañané y toa la iglezia apotólica romana!… Mardito ateo, que too vosotros zoi uno pagano y no tenéi donde caero mueto, shinejo malnutrio, que zolo zabéi comé arros… Azina etai bozotro decushimizao, que no zavei lo que e comé como dio manda… tanto rollito primabera y tanto niño mueto ar bambú. Uno bueno cayo picante e lo que o hase farta a bozotro, mameluco… Degrasiaos, filipinos, pecadore, etranjero zin permizo rezidenzia, mano de ovra varata traída detraperlo a Epaña po la mazonería sosiata pa mantené lo zueldo vajo y dejá a lo currante nasionales ma parao que un barco en er dezierto… que lo único vueno kavei esho e inventá la pórvora, mecaguen er continente aziático y er África negra… que me etai ya inshando lo cohone a mi… que como me de un pronto o vai a comé bozotro la coletaz y lo kimono… ¡Biba Miyán Atrai y Roberto Acasar y Pedrín, y Joaquín Prá, y Laurita Valensuela, y Marifé de Triana, y el sí campeaor, y Jozelito, y Marizol, y Enrique y Ana, y Marical y el perro eze tan feo de la olimpiá… y Paquá Maragay, y er capitán Cutó, y el zeat seisiento, y la favada aturiana…

Mientras los chinos le escuchaban embobados aunque sin entender ni mu de la filípica que les estaba soltando, Paco se aferró a las aspas de un ventilador que colgaba del techo y aprovechando su centrífuga rotación, tras bajarse los pantalones, se ocupó en rociarlos a todos circularmente con una copiosa andanada de líquida diarrea, producto del corte de pasta de dientes Profidén que llevaba la papela de la Jaquera que se había chutado antes de presentarse en el restorán. Asqueados por aquella lluvia de heces descompuestas, los chinos empezaron a vomitarse unos a otros, poniéndolo todo perdido y creando una movediza pota que en cuestión de segundos empezó a succionarlos lenta e inexorablemente hacia sus cada vez más abisales profundidades, pues hay que ver como potaban los muy burros, de tanto arrozaco y salsa de soja que llevaban acumulado en las tripas. Mal pintaba la situación para aquella muchedumbre, pues Paco, vaciados ya sus intestinos, se metió un zapato en la boca para provocarse nauseas y empezó a vomitarles por su cuenta, multiplicando si cabe las arcadas que asaltaban a los chinitos con renovada furia.

—Purificao, mizerable —decía Paco desde las alturas, entre potada y potada—, limpiá buetra arma condenaa ar infierno po no creé en Dio y en la zana alimentasión epañola…

Transido por sus visiones pero ciego de coraje, Paco se aprestaba en sus alucinados adentros a protagonizar otra gloriosa página con la que sublimar la ya prieta lista de gestos heroicos acumulada por la irreductible raza española desde que celtas e iberos se daban de hostias. En aquellos trascendentales momentos para la hispanidad toda, Paco se sentía más legionario que nunca, y pensaba preservar los valores nacionalcatólicos a hierro y fuego, costara lo que costara. Faltaría más. Estaríamos buenos. ¡Qué se habían creído aquellos monopolizadores del todo a cien y los talleres textiles clandestinos, hombre! Bien merecido tenía su nauseabundo destino aquella horda hostil e indocumentada, a punto de ser succionada por el pantano de bilis, tropezones y caca que se estaba formando a sus pequeños pero endemoniadamente apestosos pies.

Quiso el destino que entonces apareciera por la puerta un inspector de sanidad del ayuntamiento barcelonés, que al percatarse de tan inaudita situación, y pensando el muy hijoputa que si se morían todos aquellos chinos no tendría a quien multar, improvisó en un plil plas una plataforma con los expedientes administrativos, talonarios de sanciones y demás papelamen burocrático que para su despreciable trabajo llevaba siempre encima. Encaramado en lo más alto de aquella pila y con ayuda de un bolígrafo a modo de agarradera, fue ayudando a cada uno de los dos mil chinos hasta ponerlos a todos a salvo, amontonándolos en el vestíbulo exterior del restorán.

Mientras Paquito seguía dentro, agarrado al ventilador, haciendo de giróvago potador y sermoneando a las paredes, el funcionario reordenó sus papelajos, se alisó el traje,le sacó brillo a su insignia del PSC y se puso a cumplir con su obligación, esto es robar con dispensa municipal.

—A ver —dijo—, ¿quién es el responsable aquí? Este establecimiento no reúne las mínimas condiciones de salubridad y según el estatuto tal y tal de la normativa tal y tal habrá que proceder a su clausura, imponiéndole una sanción por valor de diez mil duros y bla bla bla bli blo bli…

Inútiles fueron las protestas de los chinos, a los que como único consuelo se les ofreció la posibilidad de tramitar un recurso, inútil procedimiento donde los hubiera, como bien sabían todos. El camaruta listillo se adelantó y con ladinas sonrisas y viscosas zalamerías se cameló al esbirro del ayuntamiento ofreciéndole un soborno de cien pesetuelas y varios vales canjeables por pato laqueado. El inspector se las dio primero de íntegro, pero incurrió en corruptela en cuanto el otro aumentó la oferta a doscientas púas y, además de los vales por los patos laqueados, diez cajas de tofu congelado, doce juegos de palillos, trescientos litros de sopa wantán y un par de garrafas de vino de arroz.

Se le hizo pasar al empleado del consistorio al almacén del restorán, con el pretexto de que la casa le invitaba además a un polvo en el prostíbulo que tenían allí camuflado y donde ejercían el oficio más viejo del mundo varias clientas a las que habían retenido a la fuerza para practicar con ellas la trata de blancas. Ilusionado y con la tranca dura, el infeliz subalterno de lachuntament fue conducido hasta un reservé donde espatarrada en un diván le aguardaba la Mariloli, según le dijeron, para su sorpresa una oriental casi enana que en realidad era la hija de Mateo Sho Sho Lin, más cabrona y retorcida aún que su viejo. En cuanto tuvo al inspector de sanidad entre sus brazos, Mariloli Sho Sho Lin le inyectó un veneno paralizante que llevaba en la uña del dedo meñique de su mano izquierda y una vez aquel se quedó rígido, lo arrojó sin contemplaciones a una picadora de carne tamaño familiar que tenían allí los chinos para preparar el relleno de los rollos de primavera…

-Hala, cablón —dijo Mariloli frotándose las manos—, ahole va y le pone tú una multa a tu puta madle… Me paso al ayuntamento pol el folo de mi coño…

EPÍLOGO:

¿Serán comestibles los rollitos de primavera rellenos de inspector de sanidad? ¿Dirá algo la señora de la limpieza cuando se encuentre el restorán perdido de vomitonas y diarrea? ¿Nadie tendrá la ocurrencia de desconectar el ventilador y bajar a Paco de su carrusel aéreo? No se pierdan el próximo capítulo de El canalla. Una radionovela patriótica hasta la rabadilla.

*Termina aquí la 2ª temporada de El canalla, que volverá tras el verano con el mismo vigor eréctil y el más absoluto descerebre psicópata. Cuídense del calor y recuenten con paciencia sus neuronas a la vuelta de las vacaciones, antes de volver a someterse a los contenidos aquí dispensados…

© 2013 Jaime Gonzalo.

 

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