EL CANALLA. Capítulo 13.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Secuestrado en la mazmorra de la Corominas, Paco ha descubierto que la muy bruja colecciona hombres a los que somete a nauseabundas vejaciones, confiriéndole un nuevo y culinario significado a las bolas de futbolín. Lo más sorprendente, si es que algo de todo esto no resulta mucho más que sorprendente, es que entre los cautivos se encuentra el marqués de Llobregat, marido de la interfecta al que todos creían difunto.

***

¡Escucha aquí el capítulo original!


Todavía con la bola de futbolín a medio descender por su esófago, sofocadas momentáneamente las arcadas que su remiso tránsito le producían, el marques pasó a exponerle a Paco la lamentable situación en la que se encontraba.

—Pues ya ve usted, buen hombre, un día le cogió la ventolera a mi señora y me narcotizó con una escudella drogada, el último ágape caliente que he ingerido desde entonces. Y aquí me tiene usted, tragando y cagando bolas de futbolín como un loco.

La sospecha de que él podría correr la misma suerte brilló como una antorcha en el umbrío cerebelo de Paco. Aquello sí que no, rumió, antes de estallar en una plática con la que intentó fomentar imaginarias rebeliones, pues nadie allí estaba por la labor.

—Caguen la alpargataz de Crizto, hemo daser argo, ¡leshe!, hemo de zurvlevarnoz, como hiso er Caudillo. Esto va a se er Arcasa de Toledo, po mi mueto. Aquí vaber zangre. A mi eza mala puta no mase tragá bola de furborín con sabó a mierda…

Emborrachado de sí mismo, Paco fue víctima de otro de sus calentones. Sintiéndose impotente para liberarse de los grilletes, consciente de la espantosa suerte que iba a correr, desanimado al ver a sus compañeros de cautiverio tan poco proclives a amotinarse, se sinitó como un Sansón pelado al cero. La frustración, finalmente, se desbordó a grito pelado, cual espumarajo de caña mal tirada.

—Ven aquí, socoshina. Ven aquí, capuya. Tu a mi no me va a joé, mecaguen tu shosho. En mala hora te conosí yo a ti. ¡¡¡GORDA!!!

Pronunciada esa palabra sus compañeros se quedaron petrificados en una mueca de espanto. Vaya, si hasta el inspector de Hacienda se orinó de miedo. Fue una vez más el marqués quien, tembloroso y gimoteante, le aclaró la situación a Paco.

—No sabe usted la que ha organizado, infeliz. Esa loca no soporta que le digan que está gorda. Ahora nos va a castigar a todos por su culpa. Maldito.

Efectivamente, la puerta de la mazmorra se abrió con un retumbante estrépito. Y allí estaba Amparo, que desde luego no era ninguna sílfide. Su mirada refulgía coagulada en ira.

—A ver, quién ha sido, quién de vosotros se ha atrevido a decir que estoy gorda, perros. A ver, a ver si ahora que estoy aquí tiene el valor de decírmelo a la cara. Ja. Gorda yo, que podría ser modelo de Pierre Cardin.

Por descontado Paco fue lo bastante imprudente como para reafirmarse en su teoría de que la Corominas era una revientafajas profesional.

—He sio yo, ¿paza argo, foca? Que tié tu un culo que paese la Monumentá, un culo edificable, fatibomba, que eré una fatibomba. Vaca marina, Monserrá Caballé, Critina Onazi, Mimí Pompón, rinoseronte, globo aeroztatico, camión Pegazo, ea, ele, ole mi grasia.

Al escuchar aquella sarta de malintencionadas aunque no muy desencaminadas hipérboles, la Corominas sufrió un ligero vahído. El marqués, que la tenía muy calada, temió que aquello fuera el preludio de una tragedia, pues no hacía ni dos años que por mucho menos se había puesto como loca, cargando en estampida cual valkiria desbocada contra un repartidor del súper, también cautivo en su mazmorra, que se atrevió a decirle que ya no tenía edad para llevar minifalda y al que por ello asfixió entre sus senos hasta arrebatarle el último aliento. Así las gastaba la doña. Pero en lugar de eso, recompuso Amparo su ánimo y con más frialdad que un esquimal quilando en la nevera le dijo lo siguiente a Paco.

—Muy bien, llefiscos, a partir de ya todos a dieta de lentejas recalentadas. Y vosotros, infelices, dadle las gracias a este imbécil.

Dictaminada la sentencia, dio media vuelta y desapareció mientras canturreaba una bonita melodía de Palito Ortega. Cuando los ecos de sus cantares dejaron de oírse, se apoderó del calabozo un silencio sepulcral. La poca moral que allí quedaba había hecho ¡puff!, evaporándose en el aire como la ventosidad de una hormiga. Finalmente, el marqués rompió el mutismo para detallarle a Paco que era aquello de las lentejas recalentadas.

—Verá usted, camarada. Se trata de una sútil variación de lo de la bola de futbolín. De aquí a un rato vendrá y obligará a uno de nosotros a comer cuatro kilos de lentejas con chorizo de cantimpalo. A continuación le hará tragarse un tubo de pastillas laxantes y entonces se sentará a esperar mientras se masturba con el mando del televisor. Cuando el escogido alivie sus tripas, recogerá la defecación en un orinal y otro de nosotros tendrá que comérsela y excretarla, repitiéndose la operación por rigurosa rotación hasta que la señora se canse y de las lentejas no quede ni rastro en nuestra diarréica materia orgánica. ¿Lo comprende, mon ami?

Paco, que era un poco obtuso para las matemáticas, sólo acertó a decir…

—¡Mientra me de un mendrugo pan pa acompañá!

***

EPILOGO:
¿Saben en la Guía Michelin de la existencia de una chef tan inventiva como la Corominas? ¿Lo que canturreaba Amparo, era realmente Palito Ortega o se trataba más bien de Jaime Morey? ¿obliga Amparo a sus prisioneros a hacer las cacas a la vista de todos o les permite deponer en el recogimiento de un retrete? ¿Hará buen tiempo mañana? Averiguénlo sintonizando el próximo capítulo de El canalla. Una radionovela de aúpa.

© 2011 Jaime Gonzalo.

 

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