EL CANALLA. Capítulo 35.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

La incipiente amistad que se está tejiendo entre Paco y Úrsula va viento en popa. Tanto es así que esta ya ha accedido a sus partes nobles, impelida por un frenesí en el que también juegan su papel un camarero y la cabeza del inspector de hacienda. Tras liarla parda el trío debajo de la mesa, el hipohuracanado eructo orgásmico con el que Úrsula ha alcanzado el éxtasis, ha hecho ascender por los aires a la mesa encubridora.

***

La mesa descendió abruptamente de su ingrávida levitación, ofreciendo nuevamente cobijo a las indecencias que a su amparo venían desarrollándose. Acostumbrados a que Paco diera siempre la nota, los clientes habituales volvieron a concentrarse en sus platos como si no hubiera pasado nada, mientras que los primerizos salieron huyendo por piernas, abonando apresuradamente la minuta y jurando y perjurando que nunca jamás volverían a poner los pinreles en semejante establecimiento. Ante las airadas protestas de alguno de los comensales escandalizados, al maître de Can Chicharelu no le quedó otra que acudir a Paco en busca de explicaciones, aun sabiendo perfectamente que de nada le iba a servir.

—¿Se encuentra bien la señora… ? Se oyen unos ruidos muy raros ahí debajo —dijo el hombre mientras miraba de reojo como Úrsula reptaba hasta quedar oculta nuevamente tras el mantel, arrastrando consigo la cabeza del inspector de Hacienda que le succionaba la polla embadurnada de nata y fresa, así como al camarero aficionado al scat, aferrado a sus nalgas en un intento de separarlas en lo posible para acceder su lengua con mas facilidad a la región perinéica. Una vez bajo palio los tres, reemprendieron como si nada sus actividades, incapaces de poner fin a aquel desenfreno que ni el Marqués de Sade ciego de Anís del Mono. Así las cosas, Úrsula se amorró de nuevo a la tercera pierna de Paco, que pese a la descarga todavía conservaba una sólida firmeza. Sintiéndose una vez mas en la cálida concavidad que le ofrecían las fauces abiertas del travelo sudaca, Paco respondió al maître

—La zeñora ze encuentra de cohone, te lo digo yo, masho. Y ahora piérdete po ahí qu’ehte pograma no etá autorisao pa menore de diesiosho…

Tal era la pericia de los expertos movimientos linguales de Úrsula que Paco no tardó ni esto en eyacular nuevamente, inundando generosamente con su bombeo industrial a aquella insaciable chupóptera. En el momento culminante, el agasajado se puso en pie, sin poder evitar exclamar a viva voz y ante el sobresalto general de los allí presentes…

—Ele mi poya grasiosa, que paese una manguera a reasión…

Efectivamenrte, tal fue la fuerza de la aspersión que la pobre Úrsula emergió de las profundidades tosiendo y atragantándose, reapareciendo con todo el maquillaje corrido a causa de la rociada. Se limpió con el dorso de la mano los islotes de semen que le cubrían el rostro, sacudiéndose los que pudo —que fueron a parar a la peluca de una señora muy seria que se encontraba cenando en la mesa de al lado— y recogiendo con la lengua aquellos que se resistían a desprenderse para a continuación tragárselos y decir con satisfactoria expresión…

—Vite, que animalada, che. Vos no tenéis una pija, sino un surtidor que ni una etasión de servisio de la Shell…

En aquel momento regresó Vanesa de los servicios, por lo que pudo escuchar de refilón las delatadoras palabras pronunciadas por Úrsula. Dijo entonces la cornúpeta…

—¿De qué pija etá tu hablando, Úrzula? ¿Y qué e toa eza poquería blanca que tiene po toa la cara, ein? ¿Po qué o mira too er mundo… ? Y tu, Paco, ¿qué hase con toa la pilila al aire, y tan tieza y tan gorda? A ve, que arguien ze lo eplique a la Vane.

Vanesa no tardó mucho en colegir lo que había sucedido durante su ausencia. Aquellos dos, se dijo para sus adentros, se la habían pegado miserablemente. El gramo de farlopa que se había ventilado a escondidas en el lavabo para serenar su espíritu, se tornó al compás de esa deducción en detonante nervioso. A punto de derrumbarse su calma y manando ya unas lagrimillas que le arruinaron el rimel, por otra parte pésimamente aplicado, dijo…

—Paise mentira, mabéi engañao, el que iba a ze mi marío y mi mejo amiga. Qué vengüensa, qué penita, qué humillasión. Ahora mimo me suisido yo atracándome de mantecao de nata y fresa, ea…

Dicho esto, Vanesa agarró los mantecados que habían sobrevivido a la orgía mesobajera y se los empezó a papear con avidez. Después hizo lo propio con los helados de otras mesas, estuvieran o no empezados por sus legítimos propietarios, y finalmente se abalanzó sobre el congelador de Avidesa que reposaba al lado de las máquinas tragaperras. Paco, oliéndose la que se avecinaba, exclamó…

-Mecaguen Marifé de Triana y la rebaja der Corte Inglé… Ya le ha cogío otra ve er trauma der heladero.

Alertada por los sollozos, la cabeza del inspector de Hacienda, que todavía se encontraba adherida a los huevones de Úrsula chupeteándolos, apurando los filamentos de mantecado que habían quedado enganchados a la pelusa, pues Ursula se negaba en redondo a depilarse, salió como siempre hacía en esas ocasiones en defensa de Vanesa. Cogió carrerilla y utilizando como trampolín la panza del camarero escatológico botó sobre esta para encaramarse a la mesa, eso si, con tan mala fortuna que fue a caer sobre el cenicero donde reposaba un habano que Ursula se había encendido para saborear el momento post-bukkake. Tras apagarlo de un salivazo para no quemarse viva, la cabeza les endilgó al adultero y a la mala amiga el siguiente sermón, pues el de Hacienda de pequeño había estudiado en un seminario con intención de ordenarse sacerdote…

—Templanza, amigos míos, templanza. La templanza es la renuncia de toda comodidad para dominar las pasiones y para obtener la santidad de la vida. Para nosotros que caminamos hacia la santidad, hace falta limitar todo con lo cual la gente mundana se debilita. La práctica de esta virtud es también una ayuda para el progreso espiritual. La templanza es liberación de los pecados, dominio de las pasiones, mortificación del cuerpo en el desorden de su naturaleza y tentaciones; es principio de la vida espiritual, camino para conseguir el eterno bien, moderación de todo deseo de abundancia. La abundancia es una gran tentación para el mal. Ella es motivo para que la gente cometa el pecado; ella tira el alma como un anzuelo a la muerte. Bien hacen, cuando nos recuerdan esto como reglamento, para que nosotros conozcamos no sólo la templanza sino sus frutos. Aquel fruto es poseer a Dios. Porque ser libre de la corrupción, es poseer a Dios, caer en la corrupción, es lo mismo que participar de la vida de este mundo. La templanza es dominio del cuerpo y confesar a Dios. Quiero aclarar, me parece que la templanza es el mismo Dios, que nada desea y todo tiene para sí. Nada desea, no tiene ninguna ansia ni en los ojos, ni en las oreja, no le falta nada, es la felicidad plena. La avidez es la enfermedad del alma, la templanza es la salud. Es importante mirar en la templanza no sólo de un lado; ella resguarda a aquello que el alma, descontenta por las cosas necesarias, con pasión aspira, y lo lleva a la envidia, que nace de deseo de tener oro y sin duda de otras necesidades que originan las pasiones. No embriagarse es también templanza, nos hace libres, ella sana y da la fuerza, no solamente nos ayuda a las virtudes sino que nos da más. La templanza, es bendición de Dios. Cuando en nosotros hay un poco de templanza, nosotros estamos mas alto que todo el mundo. Y sobre los Ángeles hemos llegado, porque cuando ellos perdieron la templanza, ellos no bajaron del cielo sino que fueron expulsados del mismo. Cuando nosotros tenemos un poco de templanza, nosotros no amamos este mundo, sino el otro, donde tenemos puesto nuestro corazón…

—Anda ya —le interrumpió bruscamente Paco—, anda ya, anda ya… A mí no me venga tú con rollo macabeo, que no menterao de nada lo que ha disho, cabesón. Hala, a cahcala po ahí…

Y dicho esto agarró la cabeza, la lanzó al aire y de un certero puntapié la envió a la otra punta del salón comedor, para más datos hasta otra mesa, más concretamente sobre una fuente de calamares en su tinta que olían cosa mala de lo pasados que estaban y donde el inspector se habría abrasado de no ser porque se las apañó para salir de allí a propulsión nasal, dejando un reguero de mocos pero poniéndose, eso sí, a salvo.

EPILOGO:
¿Aterrizará debidamente esta vez el cabezo? ¿Se zampará también Vanesa los pijamas, los tartufos y los bombones almendrados? ¿Meditará Paco las sabias palabras que sobre la templanza acaba de escuchar? ¿Dejará alguien propina cuando se vaya de allí? No se pierdan el próximo episodio de El canalla, una radionovela que se carcajea del amor.

© 2013 Jaime Gonzalo.

 

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