EL CANALLA. Capítulo 36.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Vanesa ha atrapado in fraganti a Paco y Úrsula poniéndole unos cuernos que ni los de un mihura. Su reacción ha sido la de siempre, uséase amenazar con suicidarse por medio de una indigestión de helados de fresa y de nata. Y así se va pasando la noche en Can Chicharelu, los clientes la mar de entretenidos con esa escena de celos y engaños, recuperados ya del episodio de la mesa levitante pero a punto de descubrir que se les avecina otra mas gorda si cabe.

***

Aturullados por el sermón que les había largado la cabeza del inspector de Hacienda, ni Paco ni Úrsula repararon en que la suicida amenaza de Vanesa iba en serio. La muy loca se había metido de un salto en el frigorífico de Avidesa, procediendo a desnudarse a la velocidad del rayo. Y es que la periquilla que se había metido era mandanga de la buena. Una vez en pelota picada, salvo el támpax manchado de rotulador rojo que a falta de vagina se insertaba en el ano para dárselas de menstruante, y que asomaba por su retaguardia como un patético crespón colorado, empezó a embadurnarse el cuerpo con el amplio surtido de productos que le ofrecía aquella nevera: cortes de vainilla y chocolate, camyjets de naranja y de limón, frigodedos, tarrinas de crocanti, cucuruchos tres sabores y otros postres que allí se almacenaban, sin que se le pasara por alto un par de botellas de orujo que prefirió destinar a su gaznate. Finalmente, desesperada de dolor y beoda perdida, se hincó un polo de horchata en el ojete y dijo mirando a los cielos, o sea el techo de Can Chicharelu:

—Ya que er Paco no e lo sufisientemete omvre pa follame y prefiere a eza serda tanguita po voy yo y me lo monto con ehte polo horshata, ea. En su friardá congelá me dará ma caló que eze mal omvre que cazi ze conviete en mi marío. Zí, dio mío, tú ere tehtigo como too lo aquí prezente que mientra metava camviando er tampa en er labavo, poque zerviora e mu limpia y ze cambia er tampa veinte vese ar día, ezo doh man etao engañando aquí memmo. Eza mujé, pa que ze entere to er mundo, e un tío que tiene ma ravo que er Etalone múhculo. Te lo digo yo, dio mío, que la conoco mu bien. Y va er Paco y ze la deja shupá por esa guarra. Zerá capuyo y mizerable. Aora memo zalgo yo a la caye con er polo horshata metío en er culo pa vé zi me biolan lo omvre que me cruse por er camino y me muero de un dehgarramiento bajinal y azi me’hcapo de toa la pena y zufrimiento que me perziguen en ehta perra vida. ¡¡¡Hayá boy, bioladore notuno, zoy toa vuehtra!!!

Dicho esto salió a la calle como un cohete, dejando a su paso un reguero de horchata derretida procedente del polo que llevaba insertado en salva sea la parte, ya prácticamente deshecho hasta el palo a consecuencia de los calientes gases que se le escapaban a Vanesa dado su estado de excitación. El gentío que en aquellos momentos cenaba en Can Chicharelu se quedó anonadado por aquel espectáculo con el que nadie contaba, salvo Paco, que la tenía caladísima. Hubo quien llegó a vomitar los entremeses y todo. Y no era para menos, ante la visión de un travesti desnudo embadurnado de helado y saliendo de un frigorífico como alma que lleva el diablo, expeliendo por su peludo culo pedos y chorretones de horchata, un palo de polo y un tampón coloreado haciendo las veces de estandartes anales. ¡Qué ascazo! Señoras, señores, hay que admitirlo. Esta vez Vanesa se había pasado de rayas y de rosca. A todo esto, Paco y Úrsula hicieron como que la cosa no iba con ellos y, cada vez más animados por las tandas de orujos y carajillos con que estaban culminando el ágape, por no hablar de los rayacos de farlopa que descaradamente se estaban haciendo sobre la mesa para acompañar los licores, continuaron a lo suyo dale que te pego, metiéndose mano a espuertas mientras Úrsula dejaba asomar sin recato un tranco que efectivamente le hacía preguntarse a más de uno, dadas sus dimensiones, dónde carajo se lo escondía la muy boluda.

Mientras tanto, en su ciega carrera por las calles del Poble Sec, Vanesa fue a parar a las puertas del Molino, el célebre cabaret del Paralelo. Derribó de un sopapo al portero y penetró en el establecimiento, abarrotado de jubilados, matrimonios maduros venidos de provincias y aldeas, despedidas de soltero varias y viciosos habituales que se encontraban riéndole las gracias a una vedette muy mollar y descarada, en aquellos momentos preguntándole a un vejete con boina si todavía se le levantaba. Sin que nadie tuviera tiempo de reaccionar, Vanesa llegó a zancadas hasta ellos, le arrebató la boina al viejo para colgarla graciosamente del palo de polo que le salía del ano, se abalanzó sobre la vedette y gritándole a la oreja con todas sus fuerzas empezó a contarle los problemas que la aquejaban. Ensordecida la trabajadora del Molino y conmovido el público, Vanesa fue invitaba a subir al escenario para desahogarse y mientras la orquesta interpretaba un pasodoble cayó allí de rodillas y estalló en amargas lágrimas, repitiendo una y otra vez lo mal que lo estaba pasando la pobre por culpa de Paco y Úrsula. La reacción solidaria del respetable no se hizo esperar, y mientras se constituía un somatén expedicionario que partiría en dirección a Can Chicharelu para apresar a los adúlteros, la sección formada por las despedidas de solteros propuso a la Vane consolarla en el gallinero con un gang bang de armas tomar, a lo que ella accedió sin titubear mientras alguien, aprovechando la euforia general, ordenaba una ronda de cubatas para todos que nadie se molestó en pagar. Visto lo cual, y al grito de tonto el último, los camareros saltaron la barra para unirse a la juega y darle también lo suyo a Vanesa, que no cabía en sí de gozo, de lo solicitada que estaba. El ejemplo de los camareros lo imitaron los músicos, el cuerpo de ballet, los operarios entre bambalinas, los acomodadores, la taquillera y el portero, recuperado ya del sopapo. Por su parte, los de la platea, atraídos por el jolgorio, se subieron también al gallinero para, a falta de otro espectáculo, amortizar la entrada viendo como Vanesa era repasada por toda aquella tropa de salidos, dando forma a una desordenada pero espectacular orgía. El peso de aquella multitud hizo que el gallinero se derrumbara, cayendo estrepitosamente sobre la planta baja sin que por ello se detuviera la pajarraca que venía desarrollándose. De hecho, muchos de los participantes ni se enteraron, de lo a gusto que se estaban poniendo a costa de dejar a Vanesa echa un colador por todos los orificios que su cuerpo presentaba. Solo la llegada de los bomberos y la policía, y no sin grandes esfuerzos, pudo detener el festival allí improvisado, señalando uno de los más rotundos éxitos del clásico local. Tanto es así, que la directiva del Molino intentó dar con Vanesa para contratarla en calidad de vedette cuyo número iba a ser un psicodrama en el que directamente el público subiría en cola al escenario para quilársela mientras ella reventaba de pena y frustración. Pero la búsqueda fue infructuosa. Aprovechando la confusión creada por bomberos y maderos, que dispersaron la bacanal a golpe de manguerazo y porrazo respectivamente, Vanesa se había esfumado sin dejar rastro.

EPILOGO:
¿No sería mejor que Vanesa también cantara mientras se la pasaban por la piedra en el Molino para mejorar el número? ¿Se constipará Vanesa en su callejera y enloquecida carrera, toda desnuda ella y aterida por el pringue de helado que le cubre el cuerpo? ¿Habrá algún sátrapa nocturno con estómago suficiente para violar a la fantasmal visión de un travesti con el culete pichicateado de palos con boinas colgantes y falsas compresas? No se pierdan el próximo episodio de El canalla. Una radionovela moderna, desenfadada e instructiva.

© 2013 Jaime Gonzalo.

 

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