EL CANALLA. Capítulo 39.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Destrozada por el cornámen que Paco y Úrsula le han plantado en el frontispicio, Vanesa ha encontrado consuelo en los celulíticos brazos de Maruja. Las habíamos dejado a ambas dándose un descomunal lote en el pisito compartido del Paralelo. No se precipiten en sus conclusiones: las dos están tan confusas y ofuscadas por la situación como ustedes. El único que parece saber lo que realmente se está cociendo allí es el chucho Filomeno, que no pierde detalle de nada, acechando pinreles que saborear.

***

Besándose, con lengua, y acariciándose, las partes, Vanesa y la Maru seguían retozando como dos tocinas sobre lecho de fango y excrecencias. Vanesa penetró por segunda vez a Maruja, y en esta ocasión lo hizo con dulzura, despacito, ensalivándose a fondo el aparato para no hacer más pupita de la necesaria. Ambas flotaban en un mórbido éxtasis, quizás por las bolas de opio afanadas por la Vane a los camerunenses que se habían introducido rectalmente junto a un par de aspirinas chafadas, tres cubitos de sopicaldo Avecrem y un paquete de Marlboro andorrano. Vaya flas, Nicolás, el que se estaban pillando las colegas. Con el pelo alborotado y sudando a chorretones, las dos odaliscas conquistaron las doradas cimas del clímax casi sin darse cuenta. Maruja no pudo contenerse y rompió el balsámico silencio en el que hasta ahora había transcurrido la cópula…

—¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!… ¡Hásmelo otra ves!… ¡Otra ves!… Mmmm… Aiiii… Aiiiii… Aiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

Concentrada en la faena, Vanesa puso la directa…

—Epera, que ahora ti lo boi a asé po detrá otra vé, ya verá que guto dá cuando sa ensanchao er bujero. Y tú, Filomeno, yata bien de shupame lo pie, marrano, que ere er perro ma guarro que me tirao a la cara, déjame difrutá en pá, conyo.

Estaba a punto Vanesa de practicar la postura del misionero con Maruja, cuando la puerta del pisito saltó en mil pedazos al tiempo que se desataba una gran humareda y retumbaba un fuerte estrépito. A medio coito anal, las dos amigas se quedaron paralizadas, la una de rodillas, la otra a cuatro patas, preguntándose quién podría ser el energúmeno que les había dejado la puerta hecha cisco… ¿Paco?… ¿La portera?… ¿El cobrador del gas?… ¿El moro del tercero segunda, que tanta ojeriza les tenía?… Un no craso y rotundo a todas esas preguntas debemos pronunciar aquí y ahora en honor de la verdad y nada más que la verdad. El revientaquicios, el portalator, el alter ego schuazeneger de Barrionuevo, no era sino un viejo conocido de esta casa, rien plus y rien moins que… Eeeeeeeeel Recortada. Su estropajosa voz emergió de entre la humareda como un trueno parido por tormenta.

—Juas, juas, juas… Pero qué tenemo aquí, zi zon do mademoizele, do melone maduro eperando a que yo lo raje, do perita en durse que mi boi a sampá yo ahora memo…

Obvia señalar que la curda que en aquellos momentos chisporroteaba en la sesera del Recortada como los electrodos del laboratorio del doctor Frankenstein, era de espanto. El vinazo se le coagulaba en las pupilas, fluía encabronado por su torrente sanguíneo al empuje de una corriente de odio y locura. Vaya papa, queridos. Esbozando una mueca aspirante a sonrisa, el Recor cargó dos cartuchos en la escopeta que siempre llevaba consigo. Apuntando a sus víctimas, las obligó a continuación a hacer de todo. Y cuando decimos todo, queremos decir todo. Un todo absoluto, cosmogónico, hecatómbico, ditirámbico, filarmónico y matemático. Debiérale haber bastado al Recor tal surtido de cochinadas para saciar sus pútridas fantasías de priápico beodo. Pero no, el muy animal buscaba la perfección, el detallazo final. Una idea brillante, brillante en su opinión, claro está, vino a inspirarle mientras en un descanso se pimplaba la botella de coñac de Paco ante los ladridos de protesta de Filomeno, que todo y los putadones que por parte del legionario padecía, sentía hacia su amo una mecánica fidelidad de animalucho irracional. El Recor acalló al can de un pisotón y dijo…

—¡Otia! A vé, tu, Maruja, ponte rodiya y ábrete bien er bú, que ti boi a meté laecopeta po detrá… Juas, juas… qué numerasio seme ocurren a mí… Zoy la bomba…

Impertérrito a las súplicas de la Maru, ajeno al trauma psicológico que aquello iba a suponer a la joven fulana, le introdujo el arma hasta la empuñadura y sentenció…

—Ala, trágate eto, coshina… ¿Te aguta?… juasjuasjas…

Excitado como un semental bóvido perdido entre una manada de vacas, presa de un delírium trémens que ni Rasputín tras una transfusión de vodka, embrutecido por la monumental cogorza que había venido trabajándose durante dos días y sus respectivas noches, al Recor se le fue el dedo y sin darse cuenta apretó el gatillo de su escopetón. Una sorda detonación rebotó por las paredes del pisito propagando su mortífero eco. Cuando el humo del cañonazó se disipó, el Recortada descubrió asombrado que había dejado a la pobre Maruja hecha virutas.

Quedándose con el percal, Filomeno se arrojó sin dudarlo a los pies de la difunta, no para aullar de tristeza su muerte, como sería lo preceptivo, sino con el codicioso propósito de chuperretearle los juanetes al cadáver sin que este pudiera alejarle a puntapiés, como era lo habitual. El disparo había reventado a la Maru por dentro, destrozándole en su trayectoria varios órganos vitales, hasta encontrar salida por la cara, dejándosela pulverizada. Viendo aquel amasijo de intestinos, sangre y materia fecal desparramados por las cuatro paredes de la salita de estar, a la Vane le agarró un telele de los suyos. Presa de la histeria, se lanzó sobre el enorme boquete que el disparo había practicado donde antes Maruja tuviera salva sea la parte, y procedió ante los patidifusos ojos del Recortada a pegarle un necrófilo y postrero polvo al todavía caliente fiambre. Mientras eyaculaba, con la mirada perdida en la lontananza, dijo…

—Eto lo vi yo hasé en una pinícula japonesa clazificada X que ze antitulaba Er imperio lo zentío

Al Recortada aquello le pareció el colmo de la eroticidad, y sacándose de la cartera una foto de Emmanuelle que siempre llevaba consigo para inspirarse, se extrajo acto seguido de la bragueta una chorra renegrida y purulenta, agarró al pobre Filomeno y se la introdujo en sus diminutas fauces con tal energía que el miembro le emergió por el ano del animalito. Con el Filo ensartado de dicha guisa, el Recor enculó a Vanesa, que a su vez la tenía todavía metida en el despachurrado boquete que había sido la Maru, soltando allí las últimas gotas de esperma de su escatológica descarga. Qué plasticidad la de ese cuadro, amigos. Todo un Monet habría hecho falta para plasmar la belleza de esa inaudita composición que podría haber sido titulada algo así como La putaine, le transsexuelle, le chien empalé et le Retaillé: The last sperm drop of a dirty dejeneur sur la moquete. Lástima, que pincel alguno estuviera allí para llevar al lienzo la que sin duda habría sido una obra maestra por la que museos y críticos se habrían arrancado los pelos de las bolas. Así de trágico y así de hermoso puede ser a veces el desamor y lo que por su culpa somos capaces de hacer. Hala, hasta otro rato, que por hoy ya está bien de gresca.

EPILOGO:

¿Ha alcanzado el orgasmo la Maru cuando el disparo la desgarraba por dentro? ¿Se irán las manchas que ese estropicio ha dejado repartidas por toda la salita? ¿Está disfrutando Filomeno del nuevo cometido que el destino ha encomendado a su frágil cuerpecillo? ¿Habrá tenido bastante el Recortada o todavía le queda cuerda? No se pierdan el próximo episodio de El canalla. Una radionovela que algún día acabará en El Prado.

© 2013 Jaime Gonzalo.

 

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