EL CANALLA. Capítulo 41.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Todavía bajo los efectos de la francachela y los tripis, Paco cree que la visión de los cadáveres de la Vane y la Maru que acaba de experimentar, es solo producto de una alucinación lisérgica. Con esa convicción, y derrotado por tanta juergaza, se ha derrumbado en el mismo quicio de la puerta, poniéndose a dormir la mona como si nada. Ay, pero que burro que puede llegar a ser este hombre.

***

Paco estuvo roncando a pierna suelta durante dos días y sus correspondientes noches, y si despertó fue solo porque un cartero de Correos apareció portando una caja a su nombre. Sin levantarse siquiera del felpudo, Paco firmó como pudo el comprobante de recibo y dándole un par de chapas de Cruzcampo a modo de propina al cartero lo despidió de malas maneras diciéndole que se fuera a tomar por el saco. Iba a sobarse de nuevo cuando desde el interior de la caja surgió una voz iracunda…

—Coño, sácame ya de aquí, merluzo, que casi no me queda aire…

Paco reconoció la voz de la cabeza del inspector de Hacienda. Iba a dejarlo ahí y guardar la caja en un armario para evitarse tan indeseada compañía cuando reconsideró su decisión. El cabezo podía hacerle el desayuno, y de paso limpiar un poco la casa. Rompió pues el envoltorio y a manotazos abrió el receptáculo, del que efectivamente emanó una miasma de aire enrarecido donde apenas sobrevivían briznas de oxígeno. Nada más hacerse la luz en su estrecho confinamiento, la cabeza fiscal prorrumpió vociferante con una sarta de improperios dirigidos al responsable del cautiverio postal…

—Además —concluyó en sus reconvenciones el cabezo—, cuando le pedí que me preparara merienda para el viaje, tu amigote Gregorio solo me puso un par de empanadillas rancias y una cantimplora con gaseosa desbravada, el muy tacaño.

Ya se estaba arrepintiendo Paco de haber abierto la caja cuando por esta asomó su jeta el de Hacienda y, viendo lo que vio, exclamó…

—¡Por la expropiación de Rumasa, pero qué ha pasado aquí!

Fue entonces cuando, al girarse para ver a lo que se refería la cabeza, tuvo conciencia Paco de que aquel dantesco cuadro no era fruto de su imaginación, sino más real que la halitosis del cabolo de la Agencia Tributaria, que con la excusa de que no tenía manos se negaba en redondo a cualquier tipo de higiene dental.

—Mira —le dijo el melón de Hacienda a Paco señalando el picadillo que salpicaba el techo, donde aún podía reconocerse el hocico del chihuahua—, hasta el Filomeno ha recibido.

Aquello fue para Paco como aterrizar de bruces en la realidad.

—Mecagüen Pluto, Lazi y Rititín, ¿que le han hesho a mi Firomeno?

Sí amigos, pese a la aparente aversión que el chihuhua producía al legionario y el insensible trato que este le deparaba, Paco le había cogido cariño al bicho, ni que fuera porque a base de palos lo tenía amaestrado para que le practicara unos blowjobs de aúpa. Ah, cómo recordaba Paco aquellas madrugadas en las que, la Vane durmiendo en la cama, él se las pasaba en el sofá del comedor, mirando fijamente la carta de ajuste en el televisor mientras Filomeno le trabajaba el rabo a lametones. Todo hay que decirlo, el Filo era también otro vicioso de armas tomar. Ya le podía deslomar Paco a zapatillazos, que si este no sumergía previamente su miembro en un vaso de orujo el can no la chupaba ni patrás. Cómo le iba el orujo, pero ojo, solo el de hierbas y de marca.

Paco cogió la cabeza del inspector de Hacienda y con ella bajo el brazo se aproximó a los cadáveres de Vanesa y Maruja para inspeccionarlos. Una reflexión estalló en su mente como una bengala en noche cerrada y abetunada: todos sus seres queridos la espichaban por su culpa. «Qué joputa zoy», pensó con amargura. Todo aquello había despertado en su astroso innerself un contrito arrepentimiento. Estaban tan hechos trizas los cuerpos de Maru y Vane que ni con un palo iba a tocarlos, pero de otro modo se habría abalanzado sobre ellos para expresar su dolor. Dolor que procedió a paliar preparándose un rayón de spidbol con la reserva para emergencias que guardaba camuflada precisamente en la bolsa de friskis de Filomeno. Viendo la que se avecinaba, el cabezo fiscal se apuntó también a la esnifada. Para completar el asunto, Paco sacó el orujo. Resumiendo, en cosa de veinte minutos ya era presa de nuevo de un incontinente estado eufórico que le pedía meneo y sandungueo. Lejos de darles llorona, la bolinga les reportó a ambos el entusiasmo necesario para empezar poniendo en el radiocassette a todo trapo cintas de Pepe da Rosa y Asfalto, y acabar llamando a una agencia de señoritas a domicilio. Ya la teníamos otra vez liada. Sin molestarse siquiera en limpiar la sangre y los higadillos ni en levantar los desfigurados cadáveres, Paco y el cabolo, acompañados de dos scorts de bandera, decidieron que qué mejor homenaje a las difuntas que una fenomenal bacanal en el escenario del crimen. «Eta va po ti», decía Paco mirando a los restos de Vanesa cada vez que inundaba la boca a Rosi, la cocotte que le había tocado en suerte, con un bukkake de litro y medio. «Y esta por ti», le hacía eco el cabezo dirigiendo la mirada hacia el bulto de carne agujereada que había sido Maruja, durante las ocasiones que los squirts de Desiré, su interlocutora sexual, le dejaban empapado.

Pero si tal conducta les parece inapropiada, quédense con que los muy rufianes no solo se pulieron en el fiestón los ahorros que guardaba Vanesa escondidos en la caja de Tampax, sino que al no llegarles para retribuir a las fulanas sus honorarios les hicieron entrega a estas de la tarjeta de crédito de Maruja y su correspondiente clave secreta, además de un par de juegos de pantys de colores que tenía la pobre sin estrenar. Pero las habían exprimido tanto a las rameras que estas no se daban por satisfechas ni con eso. En sus patéticos esfuerzos por redondear las cuentas, Paco, que volvía a ir cocidísimo, reparó en que por el suelo se encontraban esparcidos varios cartuchos de escopeta que intentó colar a las acreedoras haciéndolos pasar por abalorios de diseny. El inspector de Hacienda colaboró con la treta añadiendo que resultaban inestimables piezas de arte povera, observación que resultó decisiva para que Rosi y Desiré se avinieran a largarse de una vez, camino de un tenderete artesanal para que les engarzaran allí los cartuchos, dando forma a un modernísimo collar presostenible.

Estaban comentando satisfechos la jugada Paco y el cabolo cuando el primero cayó en la cuenta de lo que significaban aquellos cartuchos. De toda la gentuza que conocía, solo alguien gastaba ese tipo de munición. Exacto, el miserable responsable de aquella carnicería no podía ser otro que El Recortada.

—Mecaguen la gavardina der teniete Colombo, me la va a pagá toa junta, Recortá. Juro po mi mueto y pol hijo de Camilo Zeto que ti boi a matá. Zi, ezo é, ti boi a mata como a un perro, malaje. Va a zavé tu como la gato yo.

EPILOGO:

¿Volverá Paco a las andadas, convirtiendo el Paralelo y la calle las Tapias en escenario de una infernal venganza? ¿La cinta de Pepe da Rosa, era de chistes o de canción satírica? ¿Regresarán para reclamar Rosi y Desiré cuando se enteren de que los abalorios de diseño son en realidad vulgares cartuchos del 7.5 fabricados por la Unión Explosivos Rio Tinto en su planta de Galdácano? No se pierdan el próximo capítulo de El canalla. Una radionovela que no entiende de modas pero si de perdigones.

© 2013 Jaime Gonzalo.

 

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