EL CANALLA. Capítulo 43.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Paco necesita pasta, y no precisamente Gallo, para llevar a buen término su ansiada venganza contra el Recortada. Por eso se ha puesto en contacto con la Jaquera, portera de su antigua finca y por ende traficante number one de la Paralelo Connection. Esta le ha confiado una misión bien pagada pero peligrosa de la hostia: recuperar la partida de caballo que, dice ella, le robó un competidor chino.

***

Paco se preparó concienzudamente para llevar a cabo la operación de rescate del burro pakistanata que supuestamente los mandarines le habían sustraído a la Jaquera con mu malas artes. Durante media hora ensayó su rupestre noción del kung fu delante del espejo del cuartucho que ocupaba en El Serrano, mientras la cabeza del inspector de Hacienda, ya despierta, le amonestaba impertinentemente la zafiedad de su técnica, que consideraba «mas amariconada que el peluquero de mi vieja». Después, por espacio de más de cuatro horas, se aplicó Pacorro en aprender de memoria la contraseña con ayuda del cabezo, que pacientemente se la repetía una y otra vez para que al menos hendiera una muesca en la rocosa capacidad para repeler cualquier tipo de enseñanza en la que Paco permanecía encastillado desde su más tierna infancia. Tarea nada sencilla, a fe nuestra.

Finalmente, para no estresarse, Paco se metió un buco con la porquería de papela que le había regalado la Jaquera y enfundado en su flamante uniforme de gala, por aquello de impresionar a los chinos, se despidió del de Hacienda lanzándole un lapo a la cara y puso rumbo al número 82 de la calle Balmes, donde tenía su ubicación el tenebroso restaurante El Último Emperador de la China Mandarina, no precisamente un prodigio de haute cuisine cantonesa.

El local, oscuro y desapacible, anegado en una recargada decoración en la que destacaban enormes dragones de falso mármol en actitud amenazadora y tutiplén de pósters enmarcados de Confucio, Mao y Chistopher Lee disfrazado de Fumanchú, se encontraba completamente vacío con excepción de sesenta y siete camareros que, armados de machetes y cadenas, clavaron sus aviesos ojillos rasgados en Paco nada más traspasar este el umbral de una ostentosa puerta que pretendía reproducir la de un templo shaolin.

Paco les sostuvo la mirada con un aplomo digno del caballero legionario que era, fulminándolos con el rufianesco y turbio brillo que de sus pardos ojazos emanaba, acuosos ya por los efectos del asqueroso potingue que se había chutado. Permanecieron así, inmóviles como estatuas y taladrándose mutuamente con la vista, durante un lapso que mas o menos podemos estimar en hora y media. Allí nadie quería dar el primer paso. Finalmente, con la riñonera baldada de tanto aguantar el tipo, Paco se sacó de encima una bonita gabardina de señor mayor afanada en el Gales de Paseo de Gracia, disimuló el subfusil-escoba arrebregando sobre el arma los faldones de dicha prenda, y, dejando al descubierto la imperiosa estampa castrense que le confería el uniforme de gala, tomó asiento tranquilamente en una de las mesas y se puso a sacar brillo con el mantel a las condecoraciones de pega que se amontonaban sobre su pecho.

A los chinatas no pareció impresionarles aquel look tan imponente. Dejando a un lado el machete y las cadenas, un camarero canijo se acercó hasta Paco con pasos lentos y precavidos, tanto es así que el desplazamiento le llevó media hora. Una vez llegado a su destino y observándolo como quien acecha a una presa, el chino chinorri le dijo con cierto recochineo a Paco…

—¿Va a comel el senol capitán genelal?… Hoy tenemo un menú po sien peseta que incluye pollo silvestle a la pepitolia con salsa impelial de sebolla pekinesa, chuleta de seldo al bambú regada con salsa epesial Yang Tse En Llamas y de postle un Danone de masedonia de chupalse lo dedo.

—Quita, quita, mandarín limonero, no me lie tú con tanta reseta shunga.

La intempestiva y desagradable respuesta de Paco molestó ostensiblemente al diminuto camarata, que, mosqueado, respondió…

—Po a lo mejol el senol plefiele aleta de tibulón rebosada con maisena y…

—Joer, que pesao que ere, pequenyo zartamonte. Mira y abre bien tu lo oreho. Lo que yo quiero e un…un….un…errr… zi, ezo é, ya macuerdo, un Chim Pan Pum Samarranch Chan Chi Chocho Ma La Ka Ton a la zegoviana con croqueta a la gran pared… cohone, ya lo he disho…buffffffff.

—¿No quelá desil el senol Chon Chang Sung Pang Lantampang Liau Liau Chi Cholin Mao Tse Tung a la Cantonesa con Albondiguilla a la Glan Mulaya Pequinesa del Junco Chung Chai Jalai?

—Joer, que no, que bronca que e este confuzio lo cohone. Ti lo boy a repetí una vé má. Mirame lo lavio… lo que yo quiero papeame e un Cha Cha Chá Sin Pan Parapán Pan Bimbo Titolín Marramiau Yo Ke Zé a la Cordobeza con Arenque a la Gran Papaya… o no, epera, a vé zi hago yo memoria lo qui quiría disite… euhhhh, zi, me paize que é azína… un Chin Chi Rin Tin Tin al Can Can Furvolín Chocho Chungo a la Mayonesa con sarsaparriya a la Gran Soraya… no, tampoco era azín, a vé a vé… hummm hummm hummm… estooo, zi, yatá: me trae tu un Don Gañán Zultán Enrrampao La La Lí Piolín Matutano a la Cantonada con Sapatilla a la Gran Morraya Penitensia del Tronko Chus Mai Tolón…

—Po de eso no tenemo, honolable senol. Tendra tu que plobal en otlo letaulante…

Y eso último lo dijo el minichino señalando con dedo imperioso la puerta de salida a medida que sus sesenta y seis compañeros iban cerrando círculo cual ominosa sombra alrededor de Paquito mientras entonaban una siniestra cancioncilla, logrando unas armonías que para sí quisiera el Orfeón Donostiarra. Paquete, que no quería desfallecer en su imposible empeño nemotécnico, se propuso una última intentona para recordar la culinaria contraseña que debía introducirle en tan maléfico narcoclan…

—Quieto parao tor mundo e vueno…conyoooo….que impaisente, lo shinaco esto… po vamo, me traei too vozotro una rasión de Ping Pong Sanyo Ganapang Yabadabadú Chirimvolín Ma Que Cosa Fai Tung a la Varoneza de Arcantarilla a la Gran Caztaña Sinverguensa der Penco Chuchurrio Julai. Ea, tacatá, megaguen la plasa Tiananmen y la dinatíaz de Quin, Han y Ming… y mientra tanto pa i hasiendo voca me traen uteé vosotros un sumo de serebro mono on the roqs y una asdeituna rellena de picadillo de anguila… y deprizita, que me eperan en er Arto Mando pa planifica la invazión de Mongolia y daro por culo a too vosotros, shino mangante que no zavei tené la mano quieta y vai po hay rovándole er cavallo a la gente, gente epañola pa ma cojone, que o boy yo a enviá de vuerta a buetro paí duna patá, puto chop zueis…

EPILOGO:

¿Probará Paco a ver si acierta de una condenada vez con el Chon Chang Sung Pang Rantampang Riau Riau Chi Cholin Mao Tse Tung a la Cantonesa con Albongiguilla a la Gran Muraya Pequinesa del Junco Chung Chai Jalai? ¿Tardará mucho en perder la paciencia y vaciar el cargador del subfusil-escoba en los comunistas orientales? ¿Logrará eliminar a los sesenta y siete camareros, llegar hasta Mateo Cho Cho Lin y convencerle de que lo de la revolución cultural iba en guasa? No se pierdan el próximo episodio de El canalla, una radionovela donde el pato laqueado no tiene nada que hacer frente un pollo a l’ast como Dios manda.

© 2013 Jaime Gonzalo.

 

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