EL CANALLA. Capítulo 44.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Paco se encuentra metido de lleno en las entrañas del restorán El Ultimo Emperador de la China Mandarina, madriguera en la que se refugia el abyecto Mateo Sho Sho Lin, chino cristianizado que trafica con drogas, penicilina y lo que se le ponga al abasto. La misión de nuestro Paco consiste en arrebatarle al maosetún una remesa de jaco pakistanata que el dudoso restaurador le ha afanado a la Jaquera, nueva jefa del legionelo y a su vez Súper Madrina de la droga en el Paralelo y alrededores, llegando hasta Plaza de España por un lado, y las Ramblas por el otro.

***

Intentando ganar tiempo para recordar de una puta vez la dichosa contraseña que tanto se le atravesaba en el tarugo de corcho que tenía por cerebro, Paco seguía dándoles largas a los sesenta y siete camareros chinos, cernidos sobre él como una bandada de siniestros cernícalos. Gracias a su proverbial dispersión mental, por contra había logrado nuestro hombre identificar la escalofriante melodía que salmodiaban aquellos chinos del demonio, y que no era otra que «Rasputin», de Boney M. Ni corto ni perezoso, sumó entonces su acazallado registro barítono Paquito a aquel orfeón de comearroces, haciéndose inmediatamente con la voz cantante…

—Ra Ra Raputín, lober o te ruzian quin, zegua a cat ta rili guas gon… Ra Ra Raputín, ruzian gritet lof machín, iguas a chaim ji karrión…

Como los condenados chinos se empeñaran en secundarle pero lógicamente diciendo «la la laputín» en lugar de hacerlo con la preceptiva erre, Paco se encabronó en enseñarles a pronunciar dicha letra como es debido…

—A vé, disí to vozotro comigo…rrrrrrrrrggggrrrrrrrrrrrrrrr…

Y los chinos dale que te pego…

—Llllllllllllllllllllllllllllll…

—Que no joé, que no é azina, mardito…

—Po a nosotlo no paese que sí, honolable maetlo —dijo uno de los más espabilados de aquellos esbirros de Sho Sho Lin.

Pese a las reservas del avezado respondón, Paco consiguió convencerlos a todos para que se fueran a la cocina y practicaran allí erre que erre con la erre, con objeto de quitarse de encima aquella bronca de coro y quedarse solo frente a un único adversario, el camaruta listillo. Por mucho que Paquito pensara que también se lo había metido en el bolsillo enseñándole a cantar a Boney M como dios manda, como por algo destacaba, el chino nobel cortó de cuajo con la monserga y sin rodeos de ningún tipo volvió a conducir la absurda conversación hacía donde la habían dejado con anterioridad a la treta rasputinera del lejía, restableciendo con fría profesionalidad la relación cliente-camarero y retomando el asunto de la comanda que el berzas de Paco era incapaz de articular…

—Ya va siendo hola de que se aclale, que lleva el senol do hola aquí sentao y todavía no no ha dicho lo que quiele… Po ultima ve se lo plegunto, ¿no le apetese al senol un Chon Chang Sung Pang Lantampang Liau Liau Chi Cholin Mao Tse Tung a la Cantonesa con Albondiguilla a la Glan Mulaya Pequinesa del Junco Chung Chai Jalai?

—Joer, deja ya tu de dame la bara shunga, Buda de lo cohone. Que me etá liando y ya no zé ni como me llamo, ea, tacatá. A vé, deha tu que me consentre vien consentrao… ummm… eteeee… fffff… Bueno, yatá, creo ke lo tengo… Creo que me papearé un Chim Pan Pun Palangana del Callao a la Pikolín del Sing Sing a la logroñesa con Sapatillas a la Gran Titola… ¿Lo ve tú como piyo un huevo yo de gatronomía chineca?

—Insisto en que el honolable senol debe habelse equivocado de lestolán, aquí no tenemo Chim Pan Pun Palangana del Callao a la Pikolín del Sing Sing a la loglonesa con Sapatilla a la Glan Titola.

—Po mira, ahora te voy a enseñá yo como se cosina ese plato, mardito shino cabrón, enemigo de la erre…

Dicho esto con aplomo y gallardía, Paco extrajo del rebujo de la gabardina el subfusil-escoba, pero con tan mala pata que se le lió con el forro de quita y pon de la impermeable prenda, luego con una de las mangas y finalmente con el cinturón, armándose Paco un tremebundo barullo que el camarata naturalmente aprovechó para alertar a sus compañeros reclamando su presencia a todo pulmón…

—¡¡¡Lápido, a mí lo sien mil hijo del glan daglón cololao!!!

Y dicho y hecho, como moscas a la mierda acudieron los sesenta y seis macacos desde la cocina, al grito de «La La Lapiutín» que tanto enervaba a Paco. No solo ellos respondieron a la fraternal llamada. Otros chinos empezaron a surgir a centenares de debajo de las mesas, de entre los panecillos, de los pliegues de las servilletas, de los floreros, del fregadero, de los extractores de aire, de los lavabos, incluso unos cuantos que entraron en tromba desde la calle atraídos por el grito de alerta. Aquello era una marabunta amarilla de tal calibre y densidad demográfica que literalmente atestaron el establecimiento, apretujándose unos contra otros, con Paquito en el centro. Allí ya no cabía ni un alfiler. Según unos cálculos a grosso modo que realizó Paco contando con los dedos, debían ser unos dos mil. Dadas las apreturas, nadie podía hacer el menor movimiento. Cuando poco a poco fueron cayendo en la cuenta de que se habían pasado y que su superioridad numérica les estaba saliendo por la culata, empezaron a cuchichear entre ellos y a pasarse consignas a la oreja. Paco se mosqueó un huevo con aquel gesto de tan mala educación…

—Qué, ¿ahora no andamo con zecretito, shino de mierda? A vé zi creei vozotro que no me he cocao yo de que etaí havlando de mí, malaje orientale…

Pero entonces, recibido con un siseo colectivo de admiración y pavor, Mateo Sho Sho Lin apareció en escena como por arte de magia, anunciado por un gong y emergiendo entre una nube de humo rosa de una trampilla que se abrió en el techo. De ella descendió sujetado por un arnés el supremo y torvo Sho Sho Lin, un individuo pequeño y enjuto, de fría y cruel mirada, que llevaba prendida en la solapa de su túnica una chapa de su villano favorito y espejo en el que se miraba, Ming, emperador de Mongo y archienemigo de Flash Gordon. A Paco le pareció aquel un tipo patibulario, y un escalofrío se le apoderó de la huevera cuando al ponerse de perfil Sho Sho Lin dejó a la vista una mejilla en la que llevaba tatuado el lema «Arroz La Cigala». El tétrico personaje miró con desprecio a sus dos mil lacayos, ignorando premeditadamente a Paco, y les dijo…

—Ciao Cha Che Chin Chin Pachin Chon Ron Chon Chon Pacharán Ying Yang Askatasuna Mazinger Zeta Piolín Hamelín… Adelante, mis esclavos, captulal vivo a ese etlanjelo infiel que se a atlevido a plofanal la cosina cantonesa con su ignoransia… Po mi muelto y pol la emplelatis Flol de Loto Sololohagoconmimoto… A pol él…

Sin añadir nada mas, Sho Sho Lin fue elevándose silencioso e impávido hasta desaparecer por la trampilla del techo, dejando en su ascensión una cortina de humo, esta vez violáceo. Y allí se quedaron Paco y los dos mil chinuás, todos quietos parados, atrapados los unos entre los otros y mas estrechos que en una lata de sardinas. Atónitos primero ante tamaño cepo humano en el que ellos mismos habían quedado atascados, atemorizados luego al comprender que de no cumplir las órdenes de su repulsivo jerarca iban a pagarla muy cara, los chinos empezaron de nuevo a cuchichear como descosidos y aquello acabó en una colosal bronca en la que todos se echaban la culpa entre sí, escupiéndose, dándose de cabezazos, los más suertudos librando un brazo de su prisión y procediendo a repartir coscorrones y puñetazos. Que mala leche gastaban los cabritos. Morados a testarazos se estaban poniendo los muy animales. Paquito, a quien ni le iba ni le venía el sarao, se limitó a decir «po qué vien» y empezó a tirarse pedos para pasar el rato, ya que otra cosa no podía hacer.

EPILOGO:

¿Se le ocurrirá al chino lumbreras proponer una mejor forma, y menos desagradable, de matar las horas que les aguardan allí comprimidos que la practicada por Paco? ¿Será esta por casualidad sacar entre todos una versión a capela de «Daddy cool»? ¿Tan pagado de sí mismo está Mateo Sho Sho Lin que no ha reparado en lo improcedente de su orden? ¿Acabará Paco subastado en el mercado negro de esclavos de Pekín y sus ineptos captores decapitados por el borde de Mateo? No se pierdan el próximo episodio de El canalla. Una ladionovela chinófoba.

© 2013 Jaime Gonzalo.

 

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