EL CANALLA. Capítulo 10.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Paco ha capturado in fraganti a Oriol y Pere, mientras este último emulaba a Linda Lovelace zampándose el falo del primero como si de un calçot se tratara. El shock ha sido terrible, y el lejía —más preocupado por no poderse trajinar a Oriol que por descubrir que su hermana Maruja tiene un novio invertido— se ha llenado el cuerpo con toda clase de sustancias, ha salido en cueros del piso, ha violado a la portera y ha irrumpido como un demente en la cocina de la Corominas, dispuesto a inmolarse en un kamasutra suicida.

***

¡Escucha aquí el capítulo original!


Doña Amparo, que yacía en el suelo de la cocina en provocativa ropa interior, quedó sumida en la perplejidad cuando comprendió que su apuesto alferez iba a violarla en un tris tras. Lo que ella quería de aquel animal sudoroso tampoco eran palabras románticas y prolegómenos antes de entrar en materia. Quiá. Lo que cuerpo y vicio le reclamaban a la muy perra era que el monicaco de Paco la torturara mientras veían vídeos de Emmanuelle y guarradas finas de Tinto Brass, conduciéndose ambos lentamente hasta un doloroso éxtasis. Lo que son las cosas, señoras y señores, la recatada Amparo llevaba una doble vida que la gente, empezando por sus vecinos, desconocía por completo. Era una masoquista y una castigadora empedernida, una dominanta, una emperatriz doméstica del bondage, una hembra retorcida que solo encontraba placer haciendo daño y dejándoselo hacer. Sus inhumanos deseos la impulsaron a sincerarse con Paco.

—¡Espere un momento, mi alferez! No me viole todavía. Verá, aquí detrás mismito, en el despacho de mi difunto marido, tengo unas completísimas y confortables instalaciones. Una gruta del dolor y el placer donde podemos pasarlo de miedo usted y yo. Ande, guapetón, hágame pupa…

A Paco, que tenía las entendederas nubladas por drogas y tintorro, todo aquello le sonaba a chino. Doña Amparo observó alarmada como el rostro del gañán adquiría un matiz verdoso pálido, como se le propulsaba el miembro viril hasta adquirir la firmeza del trinquete del Bucentauro, y como se la miraba de arriba a abajo con porcina expresión mongoloide. De pronto Paco soltó un estruendoso erupto que hizo retumbar las paredes y a continuación dejó escapar una espesa, turbia y amarillenta vomitona que fue a caer justo sobre la clandestina sadomasoquista. La papa fluía burbujeante y tibia, alternando su presión de borbotón a chorro y viceversa, y entre sus asquerosos grumos era posible reconocer restos de los famosos canalones de Doña Amparo y una caja de condones que Paco se había manducado en la pensión Lolita para convencer a las melindrosas hetairas de que las gomas no iban con él. La Corominas iba siendo literalmente enterrada por la fétida pota que Paco expulsaba de su estómago, sin visos de cesar la cascada. Pero cuando ya estaba a punto de perecer, sepultada viva en regurgitaciones, Paco detuvo el diluvio, dejó los ojos en blanco, exclamó un sonoro «¡A MÍ LA LEGION!» y cayó inconsciente sobre Amparo y la plasta de vómitos que amenazaban con arrebatarle la vida, asfixiándola. La Corominas protestó:

—¡Qué asco! ¡Qué porquería! ¡Quin merdé tan espantós!

Medio mareada por la gástrica experiencia que acababa de vivir, aprisionada bajo el peso del desmayado legionario y rodeada de enormes charcos de corrosiva compota que le empezaban a desintegrar el suelo de sintasol de la cocina, la Corominas vomitó también copiosamente sobre la cabeza de Paco, que le caía justo al lado. Este, reanimado momentáneamente por el caliente y ácido pastumen que se le venía encima, reanudó así mismo sus naúseas materializándolas en otra cargada andanada con aspecto de puré mezclado con diarrea. Ambos empezaron a vomitar al unísono, el uno en el otro, casi boca contra boca, prolongadamente y en armoniosa simetría, hasta echar la última gota de bilis que fueron capaces de segregar, perdiendo a renglón seguido el conocimiento. Antes de desfallecer, Paco aún tuvo tiempo de proferir:

—Cagüen Alí Babá y la pantuflas der vizir de Damazco.

***

EPILOGO:
¿Tendrá acetona el pobre Paco? ¿Habrá que cambiar el sintasol de la cocina? ¿Vomitarán algo más? ¿Tardarán mucho en despertarse? Sépanlo todo en el próximo capítulo de El Canalla. Una radionovela que corta la respiración.

© 2011 Jaime Gonzalo.

 

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