EL CANALLA. Capítulo 9.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Oriol y Pere han mantenido una acalorada discusión. El segundo le ha arreado al primero una respetable paliza y después, arrepentido, le ha comido el nabo hasta la raíz, confesándole que los celos que siente por Paco han sido los causantes de todo. Por su parte, conmovido, Oriol ha aceptado ayudarle en su diabólico plan para envenenar todos los donuts de Cataluña. A todo esto, Paco ha regresado al pisito de Oriol despues de haberse cepillado a cinco putas de la pensión Lolita en menos de cuarenta minutos.

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¡Escucha aquí el capítulo original!


La sorpresa que se llevó Paco cuando descubrió que Oriol le hincaba la verga a otro hombre en la garganta fue morrocotuda. Sus vidriosos ojos —se había jartado de carajillos, el muy beodo— no daban crédito a lo que veían. Oriol, aquel bello querubín, seducido y llevado al catre, en este caso el sofá del comedor, por un desconocido. Contemplar como Oriol desenvainaba su polla de aquella boca, abundantemente ensalivada y todavía escupiendo chorros de semen que Pere recogía ávidamente con su lengua para posteriormente mojarse con ella las puntas de los dedos de ambas manos e introducírselos en el ojete hasta alcanzar el paroxismo, fue demasiado. Herido en lo más profundo de su ser, sus sentimientos devastados por aquella cruel escena, Paco perdió el oremus. Los cables se le cruzaron y su angosto cerebro empezó a chamuscarse como una bola de estopa.—¡AUUUUUGHHHH! ¡AAAAARGHHHH…! Mecaguen loz brazlips der niño Jezú… Poz ahora mi voy a tragar medio pote de anfetas que me queda en el petate, y mi voy a fumá doz petardoz de maría congoleña, y mi voy a enifá un kilo de detergente, y mi voy a bebé una botella lejía, eah. Cagüen la leshe agria y lo cohone de Judas…

Y dicho y hecho, oigan. Sin pensárselo dos veces agredió a su organismo con la ingestión multitudinaria de todas aquellas porquerías. El efecto que tal pelotazó causó en su achicharrado coco fue instantáneo y devastador. Le agarró tal telele que se despelotó allí mismo. Desnudo y drongado, resoplando como un buey, sacando espuma por la boca, abrió la puerta y descendió por las escaleras con el ímpetu de una locomotora descarrilada, dándose de bruces con Catalina, la portera del edificio. La pobre mujer, aterrorizada, exclamó:

—¡La mara del tanu! ¿Qué es aixó? ¿Quina mena de bestia es aquesta?

Paco, naturalmente, no supo que responder. Agarró a la portera por el moño, le arrancó la bata a zarpazos y las bragas a mordiscos y la violó analmente allí mismo. Con la infortunada aquella ensartada por el ano y colgando como un pelele, Paco la alzó a pulso del suelo y empezó a botar para que su hinchado miembro penetrara a máxima profundidad, despedazándole a la desgraciada el esfinter, las fosas isquiorrectales y el rafe anococcígeo. Los alaridos de la entrañable Catalina —cotilla como ella sola pero con un corazón de oro macizo— resonaron pavorosamente por todo el edificio:

—AAAAAHHHHH… OUHHHHHH… EEEEEKKKK… IIIIHHHHH

Concluida su innombrable acción, de una contracción la polla de Paco eyectó a la portera a varios metros de distancia, dejándola tendida en posición decúbito prono y sacando humo por el bul. Con el miembro untado en caca de la pobre Catalina, el legionario subió de nuevo las escaleras dejando un reguero de semen y mierda ensangrentada a su paso. Se dirigió al segundo tercera, donde vivía la señora Corominas, y empezó a golpear la puerta como un animal de bellota. Estimulado por las sustancias que envenenaban su sistema sanguíneo consiguió echarla abajo a coces. Entró en el piso y se encontró a la Corominas en la cocina. Vestía un provocador y cortísimo negligé que dejaba todas sus orondas nalgas al descubierto, sus generosos y puntiagudos pechos desbordándose por un pronunciado escote. Estaba la Corominas hurgando en el horno de la Edesa, controlando que los canalones quedaran bien doraditos. Paco no le dio tiempo a reaccionar. La apartó de un codazo, metió sus manazas en el horno y agarró cinco canalones que se tragó de golpe. Con la boca llena y la lengua ardiéndole, dijo:

—Grunch, arf, grunch, orf… Zi é lo que yo digo ziempre, joer… un buen papeo y un buen porvo, zi zeñó.

Dicho esto, con medio canalón y una buena plasta de bechamel regalimándole por la bocaza, abrió la nevera, agarró una botella de tintorro L’Avi Miquel y se la bebió de un trago. Después, se acercó lentamente hasta Doña Amparo y mientras se refregaba los huevos con otro canalón, le dijo:

—Que no te paze ná, ¡serda!

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EPILOGO:
¿Estaban buenos los canalones? ¿Habrá dejado Paco a la portera embarazada? ¿Le quedará sitio en el estómago para las lionesas? ¿Permitirán los socialistas que haya tele privada? Dé una tregua a su enferma curiosidad escuchando el próximo capítulo de El Canalla. Una radionovela para chuparse los dedos, de los pies.

© 2011 Jaime Gonzalo.

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