EL CANALLA. Capítulo 25.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

Irrefrenable, el palique de Vanesa no conoce mesura ni compasión. Tras el respiro que le ha concedido mientras se entregaba a una polución inducida, un nuevo capítulo biográfico de su miserable existencia ha venido a perturbar la reparadora merendola de Paco con el episodio de cómo conoció a Maruja, la hermana del legionario, al que por cierto no le ha hecho la menor gracia que esta muestre sus pechos en público cuando va a la playa.

***

Vuelta en sí de su concupiscente ensoñación brasileña, Vanesa se propuso convencer a Paco de que tomar el sol con las domingas al aire no era ninguna indecencia.

—Mira tú, vía mía, a mi tambié me daba musha verguensa ar prinsipio, to hay que desirlo, y mira que mi teta son de exhinbisión. Cuando me puse lo pesho me entró un complejo mu gordo, poque no vea tu con que velosidá me cresieron la dominga ar empesá a ormoname. Poque er médico mavía resetao un tratamiento de ormonda e inyesione zilicona indutriá que me pusieron esha una betia. Pero yo no me coté un pelo, poque comprendo que lo tiempo cambian y a lo ombre le guta sabé cómo e una mujé sin ropa. Asina que cada día me subía yo a la asotea a tomar er zol en pelota, pa acotumbrame, ya zabe. Como en el edifisio de al lao etaban en obra, to lo arbañile se ponían a mirame. Y no vea tu que cashondo lo ponía yo a too con mi teta operás cuando me laz retregaba contra un botijo. A ninguno paresía impotale mi rabo, y mía quese ma ponía gorda la tranca con er calorsillo y sabiéndome observá. Me desían cada burrá que ni timagina, oches. Ezo e un orgullo pa una mujé. Vamo, zi lo zabré yo. Látima q’un día tendieron un andamio pa poer sartá a mi asotea y allí ze me prezentaron cuarenta arbañile, er capatás la obra y sinco jubiláos que ziempre andana po allí mirando como currelaban lo paleta. Ma metieron por culo loz cazco de protesión, una hormigonera, trese pico, veintisinco pala, osho zaco semento y lo batone lo jubilao.

A Paco, todos esos razonamientos de pegolete que esgrimía Vanesa, el negro sino que parecía condenado a correr siempre su ojete, no podían importarle menos. Erre que erre, tozudo como un asno, él seguía a lo suyo…

—Ya, musho habla tú. Pero ya me dirá que penzaría zi tu hermano fueze enzeñando er shirimbolo. Caramba, que a mí ze me cae la cara verguensa sabiendo que la Maru va provocando a lo tío po la playa. Eso e una indensensia. Lo tuyo e diferente, Vanesa, poque tú en er fondo ere un tío y esa teta que tiene e como si no fuesen tuya. Vamo, que te la han pretao, digo, ele, ozú, tacatá.

Tal insinuación practicó una dolorosa y profunda hendidura en el sensible corazón del travelo, pues precisamente, si algo se sentía en el fondo era mujer con todas las de la ley, aunque sin menstruo, claro, pero eso lo solucionaba cada 25 de mes empapando las bragas en mercromina para hacerse la ilusión de que ovulaba como una loca. Ay, lo que ella daría para que el cenutrio de Paco la tomara por una mujer y la tratara como tal… con respeto, caballerosidad y viriles deseos carnales.

—No me diga ezo, Paco. Que mi carné didentidá dirá que yo me llamo Epataco, pero Dio y yo zabemo que me siento ma Vanesa que Vanesa Regreiv, jolín. Y tú no ere naide pa arrebatame er deresho que yo tengo a queré se mujé. Que etamo en una democrasia y ahora ca uno hase lo que le da la gana, leshe. Ademá, depué daberte salvao podía se tú conmigo un poco… sniffff… un poco má… sniffff… un poco má galante…

Vanesa rompió a llorar a lágrima viva. Ablandado su rocoso músculo cardíaco por aquel llanto que parecía el de un oso enajenado, Paco se dejó llevar en brazos de un impulso en él desconocido, tomando conciencia de lo desdichada que era Vanesa. Sí, ella, o ello, o lo que cojones fuera la criatura en cuestión, alguien que efectivamente le había salvado in extremis de las garras de la Menchu. Seguramente toda esa repugnante sensiblería, tan ajena al tosco carácter de Paco, se debía a la combinación del Baileys caducado, el cansancio y el espidvol, pero el caso es que envolvió con sus brazos al fornido travesti, le acarició la incipiente barba y le rozó con los labios su sudorosa frente, dejando allí un casto ósculo.
A Vanesa aquel gesto le supo a gloria y volvió a caer en uno de sus orgiásticos trances freudianos, retrotayéndose de nuevo a Copacabana, donde volvían a quilársela los travelos brasileños, solo que esta vez, la estricnina que llevaba el caballito con el que se preparaba el espidvol convirtió la juerga en pesadilla. Negros nubarrones ocultaron el sol brasileiro y una copiosa lluvia empezó a caer sobre aquella montaña de carne renegrida y sudorosa bajo la que ella se convulsionaba sacudida por un inhumano placer. Pero algo vió que le cortó el orgasmo. Los travelos brasileños se iban destiñendo a medida que el agua les empapaba. Mosqueada, Vanesa les arañó en sus visiones desgarrándoles las jetas, que en realidad no eran tales, sino burdas caretas de goma bajo las que se ocultaba el feo careto de Paco. Descubierto su horrible secreto, los ciento siete Pacos disfrazados de travelos mulatos le decían a Vanesa con perfecto acento carioca…

Me magoa, maltrata e quer desculpa. Me retruca, me trai e quer perdão. Me ofende, me fere e não tem culpa. Jesus Cristo, eu não sei quem tem razão. Esse fogo, essa farsa, essa desgraça. Me corrompe e corrói meu coração. Há momentos que eu paro e acho graça. Procuro, e não acho a solução. Você abusou. Tirou partido de mim, abusou.

A lo que ella, automáticamente y sin saber cómo, también con un depurado y argentino acento brasilero, respondió…

Eh! Meu amigo Charlie. Eh! Meu amigo Charlie Brown, Charlie Brown… Se você quiser, vou lhe mostrar a nossa São Paulo. Terra da garôa. Se você quiser, vou lhe mostrar Bahia de Caetano, nossa gente boa. Se você quiser, vou lhe mostrar a lebre mais bonita do Imperial. Se você quiser, vou lhe mostrar meu Rio de Janeiro e nosso carnaval.

En su delirio, acto segido Vanesa se imaginó que los ciento siete pacos, guardando escrupulosa cola, se le iban introduciendo por el ano uno a uno mientras sus nalgas se abrían como las aguas divididas del Mar Rojo lo hicieron para franquear el paso a Moisés y los suyos, dejando a la vista un mostruoso boquete, peludo, viscoso y se diría que con vida propia, por el que los legionarios eran engullidos ufanos mientras canturreaban a coro «El gato que está triste y azul» de Roberto Carlos. En lugar de eyacular, esta vez, de tanto apretar el caca para intentar detener aquella tumultuosa invasión legionaria, Vanesa dejó escapar un pútrido mojón de compacta y apestosa materia fecal que a saber la de tiempo que llevaba almacenada en sus tripas. La abominable bosta, caliente y humeante, fue a depositarse encima de un pan de payés sobrante sobre el que se encontraba sentado el travelo. Al volver en sí y apercibirse de su cagada, y nunca mejor dicho, tosió para disimular y dijo…

—Huy, creo que ma venio la regla. Me voy al váter a ponerme un tampón, vida mía.

Paco, que se había quedado medio dormido al cesar Vanesa su parloteo para dedicarse a alucinar, reparó en aquel panazo coronado de mierda y, prorrumpiendo alegremente “anda, tarta shocolate de potre”, se lo zampó sin pestañear, poniendo así colofón al nutritivo vernissage improvisado por la she-male.

EPILOGO:
Mmmm, ¿supera la hedionda tarta a la fritura de casquería con anfeta? ¿Habrá conseguido un travesti ablandar a la bestia parda de Paco transformándolo en buena persona y mejor amante? ¿Les hemos contado ya aquel otro trance de Vanesa en el que portagonizaba un remake de Me siento extraña, ella en el papel de Rocío Durcal y Rafaela Carrá en el de Bárbara Rey? ¿No? Pues se joden. Prueben suerte escuchando el próximo capítulo de El canalla. Una radionovela en la que no se desperdician ni las heces.

FIN DE LA 1ª TEMPORADA
Damos un respiro estival a «El canalla», finalizando esta temporada que comenzó hace ya un año largo. La rentrée tendrá lugar en septiembre, mas no descarten sorpresas durante el verano… Suscríbanse aquí arriba a la derecha para no perderse nada.

© 2012 Jaime Gonzalo.

 

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