EL CANALLA. Capítulo 32.

RESUMEN DE LO ACONTECIDO:

¡Hay que ver como se ha puesto Paquito porque le han llamado charnego! Tras sembrar la sevicia por los barrios bien de Barcelona, el susodicho le ha desgraciado la cara y el bronceado de esquí al pijo Josemari, canalizando a continuación su ira proletaria hacia las amistades femeninas de este, usease Piluca, Totón y Mariajo. Las tres han sido convenientemente ilustradas por Paco en materia de inseminación fulminante, quedándose embarazadas durante los próximos quince años de su vida. Eso, las que han logrado sobrevivir a un coito que ni King Kong con priapismo, oiga usted.

***

Al enterarse propiamente del significado de charnego, una vez Josemari se lo ha explicado en inglés con pelos y señales, Paco, que todavía no tenía el honor obrero satisfecho, decidió culminar su particular aquelarre de venganza social con un inesperado más no menos brillante tour de force. Dándole simbólicamente las gracias a Josemari con un golpe de polla tan certero que le abrió el melón en dos, Paco cobró ánimos para su siguiente salvajada embelesándose ante la visión de aquellos jirones de masa encefálica que, transportados por un riachuelo de sangre vermellona, se escapaban del cráneo seccionado. Animado por el borboteante fluir del vital líquido, el legionario se sintió con fuerzas hasta para liderar una nueva revolución destinada a ocupar en la historia el mismo lugar de honor que la francesa y la rusa. Para cojones, los suyos, faltaría más. Y dicho y hecho, no sin antes proclamar para la posteridad la siguiente sentencia:

—Y ahora… a rematá la faena, caguen la yet-zet, er mercao de valore, la oligaquía finansiera, la paridá de la pezeta repeto ar dola y too lo capitalita der mundo.

En un santiamén se arrancó a zarpazos aquel absurdo y ridículo uniforme de portero que mancillaba su dignidad, quedándose tal como su madre, o lo que fuere, le trajó a este planeta. Despues devoró a bocados cuatro papelinas de coca que se había encontrado en el bolso de Piluca y, hecho una furia, penetró como un tornado en el interior de El Clavo, ante el pasmo del público que allí se encontraba. Repartiendo codazos y patadas se abrió Paco paso hasta el centro de la pista de baile. Excitado por el lujurioso ritmo hip hop que en aquellos momentos sonaba, se masturbó con ahínco y dirigiendo la inagotable eyaculación resultante que de su miembro manaba hacia la cabina del disc jockey, consiguió no solo inundarla sino que el pincha pereciera ahogado en su oceánica lefa. Aquello iba a ser solo el principio de un espectáculo unicamente comparable a un cataclismo cósmico. Al maître que tuvo la mala idea de intentar detenerle le pegó un mordisco en la calva, imprimiéndole a su calavera una nueva raya con la que peinar los cuatro pelos que le quedaban. Luego, como era su costumbre, procedió a violar con más ganas que una partida de hunos en permiso de fin de semana. Cayeron primero bajo el peso de su armatoste cinco señoronas que se encontraban celebrando la puesta de largo de sus respectivas hijas; tres pijos que planeaban en la barra su próxima esquida en Baqueira Beret; un camarero que no se enteraba de nada; tres fornidos miembros del equipo de seguridad; y una iguana que tenían en un terrario como motivo decorativo.

Satisfecha ya su líbido, Paco reventó a patadas las cinco cajas registradoras del local, recogió toda la pasta que contenían y desapareció en medio del desconcierto general. Fue una operación rápida, limpia, magistral. Una obra de arte, señores. Un clásico del vandalismo protagonizado con dedicación e imaginación por un hombre capaz de todo para limpiar su buen nombre. A Paco nadie le llamaba shanego y se quedaba tan tranquilo. La sociedad tenía que pagar. Los ricos los primeros, después ya veríamos. El colofón lo puso Paco atrancando las salidas de emergencia y la puerta principal, y esparciendo a través del sistema de ventalicación una de sus temibles flatulencias. Esperó unos segundos para que la nube tóxica inundara el local, y cuando lo juzgó prudente lanzó una cerilla que hizo entrar en ignición a la gaseosa tufarada, de tal modo que el público y el personal de El Clavo pudiera disfrutar de aquella nausesabunda fragancia antes de sucumbir carbonizado en una bola de pestilente inflamación-deflagración.

De vuelta a casa Paco le explicó a Vanesa una pequeña trola para justificar su inesperado y pronto regreso, y además en pelotas…

—Verá Vaneza, e que an pueto una bomba en la dicoteca y la han tenio que dealojá. Y va er mu capuyo der dueño y macuza a mi de zé un terrorita de ezo que van po aí pegando bombazo. Ma esho denudame allí memo pa ve zi tenía yo econdio argún eplozivo. No te joe. Caguen la ETA, er IRA y er Front Dayiveramen Gay. Con lo patriota que yo zoy y que macuzen de petensé ar braso armao dun movimento clandetino tiene guaza. Lo ma graziozo e que cuando me venía yo paquí he ecuchao una epolzión y a continuasio an empesao a zalí llama por er techo der Clavo. Pos ea, ya lo ve, otra vé zin currelo. Anda, déjame tu bata guatiné y pome tú uno arenquito y una servesa, reina mia…

Extenuado por el esfuerzo que la confección de aquella bola había requerido a su incapaz sesera, Paco se derrumbó en el raído sofá para relajarse, dejando que el chucho Filomeno le lamiera durante un buen rato el digitus primus pedis del pie derecho, pues al can le iban cantidad las pelotillas de mugre que se acumulan entre los intersticios de los dedos. Ya le iba a dar un puntapié al bicho cuando Vanesa dijo:

—Te tengo prepará una zopreza, carinyo. Tenemo un invitao en caza. Epero que no te molete, porque tu ere mu raro pa eta coza…

Paco, que en aquellos momentos se encontraba ocupado utilizando como mondadientes una de las uñitas de Filomeno para sacarse un resto de papelina de coca que se la había quedado incrustado entre los molares, le dijo, como pudo, ya que prácticamente tenía metido al multiutilitario animal dentro de la boca en su operación de higiene bucal…

—Ya zabe tu que a mi no me guta tené invitao en caza, aquí er unico gorrón zoy yo y zacabó, ea. Ademá, no vea tu lo pezao que ze pone er cabezo der inpetó dasienda, que aziempre ze quié hasé er zimpático y er mu malaje invita a toor mundo a veverze mi quiqui y fumarze mi coto dagozto.

EPÍLOGO:
¿Se ha tragado la Vane lo del atentado terrorista en El Clavo? ¿Quién podrá ser ese misterioso invitado al que Paco no quiere ver ni en pintura Titanlux? ¿Sirve lo mismo Filomeno para limpiarse también otra cosa cuando se acaba el papel higiénico? Ya vale, que no somos adivinos… Atentos pues al próximo episodio de El canalla, una radionovela que un día de estos se cuelga la escarapela.

© 2012 Jaime Gonzalo.

 

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