CORNADAS DE PALABRA ASTADA

La belleza, y por lo tanto la poesía, puede ocultarse en lugares insospechados. Apollinaire, por ejemplo, la halló en el frente, glosando el imposible pero plausible esplendor de la guerra. Hundido en el barro de las trincheras, mientras los obuses alemanes silbaban por encima de su cabeza, escribió y editó versos sin ausentarse del campo de batalla. El tableteo de las ametralladoras era «música», los soldados estaban hechos de «loza y carbunclos», la artillería enemiga disparaba proyectiles que «maullaban un amor de delirio».

En otras trincheras, las del proletariado, y otra contienda, la de la supervivencia cotidiana, Raf Pulido pondría en rima otro insólito acto de belleza surgido de una barbarie no menos atroz: «Estaba trabajando de lampista, reformando unos depósitos en el barrio chino de Barcelona. Después de comer nos poníamos a tomar el solete y fumar un cigarro, y allí vi a un tío borracho subir al meublé con una puta muy vieja. Se me ocurrió la canción, y, como la mayoría de mis canciones, la escribí en una servilleta». La canción en cuestión, «Nacido del polvo de un borracho y del coño de una puta», despedía la misma miasma de vinacho agrio y semen rancio que las trapisondas prostibularias del bohemio y hampón Pedro Luis de Gálvez.

Parido con desesperación, humillado por el vecindario / El padre era un borracho, la madre su provocación / De ellos dos y de una cama nació lo que ahora veis / Para la gente un bastardo, para la poli un ladrón / Para el patrón un plebeyo, qué culpa tuvo él / Qué culpa tuvo nadie de nacer donde nació / Para que luego le condenen y le exploten como a un cabrón / Eres la mierda del barrio, si después matas a alguien te llevan al paredón

Naturalmente, ni entonces ni ahora Pulido tenía conocimiento de la bohemia madrileña ni del maldito literato malagueño. Aún así, un fino pero resistente filamento les unía. Ambos eran poetas, poetas de los parias de la Tierra. Pulido también procedía de familia acomodada, aunque su nudoso carácter le había echado a la calle, a buscarse la vida por cuenta propia. No disponía de preparación académica, su talento se lo inspiraba esa existencia trabajadora en la que tan poco le costaba reconocerse. La belleza de aquella canción, como la de su rupestre poética, radicaba en que si, como decía el conde Robert de Montesquieu, «una fotografía es un espejo dotado de memoria», sus versos revestían de eternidad fotográfica a la turbia y marginal gesta del desheredado, transportándola a la dimensión del rock, que, si no poesía, bien podía e iba a ser la forma escrita y oral de comunicación más importante para la juventud española del tardofranquismo y su electrificada memoria colectiva.

Esa y otras creaciones de Pulido acabarían insertadas en el repertorio del primer LP de la Banda Trapera del Río, donde ejercería de batería y letrista oficial. Grabada en 1978 y no publicada hasta un año después, se trataba de la ópera prima de una anómala formación de rock que brotaba como una insolente fleur du mal en el lodazal del extrarradio barcelonés. Si apenas una década antes, en Nueva York, The Velvet Underground rompían en infinitos fragmentos la tradición literaria del rock anglosajón, reemplazando el romanticismo y molicie adolescente por una sombría cornucopia que comprendía drogas, sadomasoquismo, muerte y otras suertes de alienación, la Trapera haría aquí lo propio con su particular tabula rasa.

De electrificado movimiento obrero a decadentes rock stars del subsuelo, de versión cataluza de los Stooges a protopunkos del arroyo, de siconautas del rock duro progresivo a poetas del heavy metal ilustrado, las distintas facetas de la Trapera se emplearon en un feroz ejercicio crítico y costumbrista, un embite al orden y moral establecidos, describiendo cómo era la vida en el seno de la degradación social, con el barro a la puerta de casa, hasta en sus detalles más escabrosos, pero incluso así con un inefable instinto poético; y eso cambió el curso de los acontecimientos. Por primera vez una banda de rock cantando en castellano analizaba articuladamente la realidad, con un bravado insólito, mostrando conciencia de clase sin librarse a la retórica, expresando sus propias ideas y preocupaciones, y haciéndolo en su propio lenguaje, para su propia gente, con sus propias reglas. Más a su favor, ese mensaje puro, espontáneo, vendría envuelto en un gran producto: un contubernio de perturbados juveniles que tenía en la música una incisiva arma de reflexión, y en su vigoroso sentido del espectáculo y capacidad para crear acontecimientos un considerable poder de convocatoria.

A menudo pasadas por alto, subordinadas al fragor musical y el aparato escénico, dimanaban las letras del grupo lo más puro que había en la Trapera, lo que verdaderamente les hacía sustanciales, genuinos. Descarnados y desencantados cablegramas despachados desde el cinturón obrero, guardaban un significado intrínseco, rompían con tópicos para transcribir una realidad local, aunque no solo la de Cornellá, su patria chica, sino de las periferias urbanas del país entero, que hasta entonces nadie había maldecido tan explícitamente. Exangüe y superada la canción protesta, sin proponérselo la canción revuelta de la Trapera, con sus bastos pero precisos epigramas, formulaba el libro de estilo de la literatura punk nacional y del rock radikal que en buena parte inspirarían, capturando el rechazo antisocial de toda una generación de inadaptados forzosos.

Con una diferencia de meses, en Madrid una banda llamada Burning grababa también su primer LP. Burning eran otro producto de barriada llamado a combatir el monopolio mesocrático del rock en España. Conciertos como los de Lou Reed, Patti Smith e Iggy Pop harían dentro de la península las veces de epifanía en las febriles mentes juveniles de clase baja-media que, gracias tanto a la confusión creada por la pingüe insurgencia punk británica y el dulce perfume a filón económico que en ella olfatearían las compañías discográficas domésticas, como al ejemplo instaurado paralelamente por incipientes bandas de rock urbano contemporáneas de la Trapera y Burning, posibilitarían la improvisada escena rock a desarrollarse en nuestro país durante el periodo inmediatamente posterior a la llamada no sin eufemismo transición democrática o reinstauración de la corona borbónica.

En este esquema de cosas, Burning, al contrario que la Trapera, conservaba el fatalista hálito romanticista del rock reflejándose básicamente en los Rolling Stones y su inofensivo arquetipo de maldad. Claro que, en esencia, ambos se alimentaban de la imaginería del delincuente juvenil y de la filosofía anarcodadaísta de epatar al burgués. Unos, los curriquis, llamando a una utópica violencia de clases («Voy a quemar la alta alcurnia y les voy a robar su dinero / para comprar más gasolina y seguir pegando fuego»); otros, los chelis, refugiándose en la mitología del rebelde que prefiere morir antes que llegar a anciano, vía escapismo autodestructivo («Oh mamá, nada va a pasar / Tú estarás gritando viendo la tele / y papá roncando dormido en el sillón / Me voy de casa, ya no lo puedo aguantar / Voy a beber hasta reventar / como si la vida se acabase ya / Hoy no tengo tiempo para reflexionar / porque mañana el mundo puede explotar»).

Mucho más ingenuos y previsibles, aunque no por ello menos representativos poética pero no políticamente hablando, en su primer LP, Madrid, Burning hacían de La Elipa un microcosmos desde el que soñar despiertos con hipotéticos túneles por los que fugarse de aquella metástasis urbana que, literariamente, les nutría tanto como les corrompía. Si la Trapera se levantaba en palabras contra el Estado y los sindicatos de músicos, le cantaba a la menstruación y se declaraba enemiga del sistema, denunciaba la hipocresía y bramaba contra el desequilibrio social, Burning se mostraban mucho más preocupados por el núcleo fundamental de la literatura rock, esto es el sexo opuesto y cómo copular con él, salvo excepciones reservadas a otro tipo de amante, la heroína, como la que se daba en «Sin tiempo para vivir». Las letras de Pepe Risi reafirmaban al gallo chulapón, mitad proxeneta y mitad rapsoda, forjando prototipos bastardos de Jumpin’ Jack Flash como Jim Dinamita o el protagonista de «Hey, nena», de los que tanto provecho sacaría más adelante su contemporáneo Ramoncín.

Coincidían, Trapera y Burning, en la exaltación del medio urbano como decadente foco de inspiración. Decían unos, «Ah, no, sin vivir en Madrid no lo entenderás / Tendrás que sentir / las caricias de Madrid sobre tu piel / y escribir con tu sangre / Madrid eres mi mujer…», mientras que otros aseguraban de Cornellá, y seguramente por extensión de Barcelona también, «Ciudad podrida, nos traes la noche y el miedo / Ahora que estás dormida, las calles están llenas de fuego / Este es el momento en el que ha muerto la vida / No me importa el poniente, puedo caminar sin guía». Habitaban ambos en un mundo sin esperanza, roído por la represión, para bien o para mal anestesiado en heroína, al que todavía el socialismo no había despertado del estupor facultando espejismos como la ínclita Movida.

Quizá eso explique la misoginia disfrazada de machismo que tan enconadamente promovía Burning y la ausencia prácticamente total de las mujeres en el paisaje del primer LP trapero, si bien en su caso quedaba compensado por el feminismo avant la lettre de «La regla», la bravuconada exhibicionista de «Enseñarle a una monja el sexo, liarse unos porros en un banco», el sustitutivo masturbatorio de la «Meditación del pelos en su paja matinera» («O tatuarme de vida ausente, o un tajo en mi garganta, o esto») y la metáfora apocalíptica de «Sois unos decrépitos, viejos oligofrénicos / Sacad el catecismo, ahora viene el sexo / Vamos a parir un movimiento sin preservativos / para no abortar hijos mal nacidos / Lo que habéis creado acaba de estallar en todos los barrios de mi gran ciudad / La mierda, la droga y el sexo a todos asfixiarán».

Burning eran carne de lenocinio y, ya fuese en su imaginación o a partir de experiencias reales, se mostraban orgullosa y reaccionariamente incorrectos, si acaso también contradictorios: «Te voy a zurrar nena / porque eres una aburrida / Te voy a zurrar nena / para que seas más divertida / Te digo hey nena / no quiero que seas mi esclava / Te digo hey nena / no quiero llenarte de hijos / Te digo hey nena / no, no, no…». Burning sobrevivían en el canalleo sin plantearse siquiera la necesidad de un cambio. Se las apañaban con lo que heredaban y perpetuaban una cadena de roles en la que la mujer seguía siendo el eslabón perdido, el complemento, el objeto, recipiente de frustraciones, engaños y desmanes: «Qué puede hacer un muchacho / Sólo mentir y mentir / cuando quiere a una nena conseguir / Le dije nena te quiero y ella se burló de mí / La mentía y se moría por mí / Miéntela, miéntela / Ella te prefiere así / Hoy me burlo perversamente de ti / Es un juego y las normas son así». El amor tampoco era factible para Jim Dinamita, que se afanaba en destruirlo engolfándose en una arrabalera exhibición de violencia de género, se diría que orquestada por el hombre del saco: «Para tu papá, nena / soy como un mal sueño / A una guiri violé / al salir del talego / y me llenó de plata / por todo ello / Si tu mamá supiese, nena / dónde has de besarme / cuando tú quieres verme / a mí sonreír… Ja».

Sin ánimo de tomar partido, la esencia de esta bicéfala corriente intergeneracional en la que se cobra conciencia de un posible rock popular en español, que parece pasar directamente de los 60 a los 80, adquiriría plena dimensión poética en el trasunto simbolista que cobró cuerpo en el segundo LP de la Trapera, esta vez en pluma de Morfi Grey, su cantante. «Misógino», una de sus canciones, continúa a fecha de hoy siendo uno de los más pretenciosos ejemplos de incipiente poesía rock en castellano, también uno de los más llamativos.

No tengo sexo ni camino, a toda droga con la losa / Deshago luces y cada vez más cerca de la losa / Qué náuseas tus sostenes, se derretían en mis ojos / Otra vez el mismo juego este, de desnudarte, verte y detestarte / Por eso te dije / cerda, cerda, cerda, ¡vete de aquí! / Tengo mi moto robada y mi chaqueta con cadenas / y falos de palisandro, pero contigo nada, nena / (…) De vaginas malditas y con la boca a trizas / estoy harto de la vida, sociedad vana y cenizas / Hay un juego angustioso, yo soy un misógino / Hay un deseo hueco, quisiera ser un andrógino.

Eclipsados por sus endogámicos problemas interinos y una deficiente gestión comercial, la Trapera y Burning verían como sus respectivos discursos serían más o menos prolongados por lo que se bautizaría como rock mesetario. Paralela a la eclosión del punk en España, dicha etiqueta englobaba a una serie de grupos madrileños surgidos de la matriz formada por bandas como Coz y Ñu, que gracias a una operación discográfica llamada Discos Chapa y al auge comercial del heavy metal, revitalizarían para las masas el rock con credibilidad callejera y mensaje sociotribal.

En su primer álbum, 1981, Barón Rojo lanzaba pueriles proclamas con las que no obstante podía identificarse la errabunda juventud suburbial. Alusiones satánicas, glorificaciones de la pureza rockista, chirriantes comentarios políticos, églogas a héroes aventureros y otras hierbas parecidas eran las herramientas de los hermanos de Castro, pero podía detectarse en su protocolaria, populista prosa la misma conmiseración por el débil, el oprimido, el adolescente sin recursos en esencia, que animaba las diatribas de Burning y Trapera —«Puede que encuentre al fin, razón para vivir / y solo tengo algo muy claro, ¡pobre nací!»—, aunque a este se le pronosticaba al menos el derecho a la ilusión, la posibilidad de encontrar y ofrecer humanidad y amor en el intoxicante marco urbanita: «Te buscaré sin descansar, y si algún día te puedo encontrar / escucharé lo que quieras decir, todas tus penas se van a acabar / No tendrás nunca más la sensación, de vivir sola en la desolación / de la gran ciudad / Chica de la ciudad, aunque no pueda hacerte feliz / con mi música intentaré acercarme un poco más a ti».

Por su parte, Leño, letras de Rosendo mediante, aportaba una visión menos párvula a pesar de su sabiniano casticismo. Congénere de Burning y la Trapera, el trío presentaba su primer LP en 1979 acotando problemáticas e inquietudes paralelas. El desencanto y desarraigo urbano («Tú aquí y yo aquí / seguimos unidos / vivimos todo por igual / Bebemos, fumamos y nos colocamos / Tenemos plena libertad / En Atocha encontrarás / aire limpio sin igual / No hagas caso a esta canción / pues todo es mentira / Lo que falta es un buen bidón / de aire puro y natural / y de cerveza / de cocido y de salchichón / Leña seca y carbón / una menda y un colchón / Es una mierda este Madrid / que ni las ratas pueden vivir»), la pedagogía de la supervivencia («Lo que quieres tendrás que ganarlo / Nadie te lo viene a dar / Solo intenta ser tú mismo / aprendiendo a escuchar»), la usurpación-confusión de identidades («Me he clavado un alfiler / en el pescuezo / Me he juntado con los punks / Soy un moderno / Ahora me meo en el metro / Nada me importa / y le pego hasta a mi padre / Soy un pasota / pero dentro me pregunto / si duraré mucho / porque a decir verdad / no soy auténtico / y engañar al personal / es muy polémico»).

Auténtico seguramente era por el contrario el prurito de aquella poesía que, parafraseando al protagonista de French connection, prefería ser farola en su ciudad que «rey en Nueva York». «Sodoma y chabola» registraba el cenit lírico de Leño, dramática viñeta de malformación urbanística, naturaleza muerta de una generación atrapada en la incapacidad para escapar de su sino y del interregno social en el que anímicamente sería condenada a deambular.

En la chabola las lágrimas / formaron mares de hiel / con barquitos de miseria / y diosecillos de papel / Los mares fueron creciendo / derribando las barreras / La sal fabricó dos alas / forradas de sangre seca / La chabola echó a volar / dejando lastre y miseria / Abajo quedó Sodoma / con dioses, hiel y hamburguesas.

El punk que tantas suspicacias despertaba en Rosendo fue sin lugar a duda depositario de tan fecunda y espontánea prosa, retomada, desarrollada y explotada posteriormente por Barricada (1982), el Rock Radikal Vasco (1983), Extremoduro (1987) y tantos otros cuyos avatares e inquietudes literarias escapan a los confines, y posiblemente intereses también, de este capítulo. Todos ellos, como la Trapera, comieron ensalada de navajas pero ninguna les atravesó la garganta. Todos ellos, caminaron por los cielos y rompieron todos los espejos.

© 2010 Jaime Gonzalo.

Texto aparecido en especial Rock español: Poesía & imagen de la revista Litoral.

Un pensamiento en “CORNADAS DE PALABRA ASTADA

  1. Javier Bueno

    Daba gusto los pocos grupos que salían y la calidad de cada uno de éllos. Te podías tirar todo un año degustando estos vinilos. Por preferencia personal, un servidor flipaba escuchando a los Leño. Sí, como decía Josele de los Enemigos, ‘yo también fui un Leñero’.
    La honestidad y la identidad que tenían esos grupos arriba citados se aprecia en la originalidad de su Narrativa, algo que se hecha de menos en el panorama actual. Y es que, como decía Nietzsche “Las muchas cosas nos hacen muchas cosas”.

    Responder

Deja un comentario

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.