«Tyrionnosaurus Rex: La magnitud de lo pequeño», artículo recuperado en Cañamo.net

La web de Cáñamo ha recuperado este texto publicado en la revista hace algo más de un año:

Tyrionnosaurus Rex

La magnitud de lo pequeño

El inminente estreno de la sexta temporada de Juego de tronos devuelve a la palestra a Tyrion Lannister, uno de los principales activos de esa serie de culto masivo. Pasamos revista a la ambigua dignificación que del enanismo proyecta ese personaje, tan carismático, elaborando de propina un hit parade con los actores pequeños más grandes de la historia.

Beodo, putero, parricida, regicida, intrigante, mendaz, conspirador, cínico. Tyrion Lannister parece cargar con todas las rémoras de la defectuosa raza humana. No solo eso, estas se magnifican en tan diminuta persona, inversamente proporcionales a su tamaño. En cualquier otro personaje resultarían canónicas, cotidianas, incluso humanas. En el heredero de Roca Casterly se antojan despreciables, repulsivas. Tyrion encarna nuestra decepción, como la de Tywin, ese progenitor que por ello le desprecia, al enfrentarnos su contrahecha figura con lo mucho que de grotesco reside en la especie dominante. Su acondroplásica amplificación de flaquezas y taras no hace sino empequeñecernos, y por eso nos disgusta. Seguramente debido a ello, de los muchos correlatos entrecruzados en el nudo de Juego de tronos, el de la progresiva humanización y aceptación de que se hace acreedor este enano entrañe una de las más estratégicas claves del éxito de dicha serie, más allá del público infantil, quien por obvias razones resulta el más susceptible de identificarse con tan minúsculo agente de una acción que en sus vericuetos argumentales se abullona gigantesca.

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Jaime Gonzalo.

«Los Diggers y la filosofía del fracaso», nuevo artículo en ‘El País’

Diggers transitando por Haight Street

Diggers transitando por Haight Street. Foto: © Jim Marshall Photography LLC.

Este pasado viernes, 25 de agosto, he publicado en El País un artículo dedicado a Emmett Grogan, fundador del movimiento digger:

Los Diggers y la filosofía del fracaso

Emmett Grogan fue el fundador del más insobornable tumor crítico que le creció a la Contracultura.

38 años contaba Emmett Grogan cuando fallecía el 6 de abril de 1978 en un vagón de metro neoyorquino. Infarto, fue la causa oficial del óbito. Su amigo y correligionario el actor Peter Coyote la atribuiría a una sobredosis de heroína. Triste y sórdido final, en cualquier caso, para quien tanto amó la vida y tanto hizo por racionalizar su vivencia. Cofundador y alma de los diggers, el más insobornable tumor crítico que le creció a la Contracultura desde dentro, su utopía de suprimir el dinero en aras de una sociedad gratuita redundaba no ya sólo en derrota, sino en la consagración del ultracapitalismo.

Prologada como su versión original por Coyote, la publicación en España de Ringolevio (Pepitas de Calabaza), relación autobiográfica de sus andanzas, cuyo subtítulo Una vida vivida a tumba abierta lo dice todo, invita por varias razones a la celebración. Las de más peso, que corrige uno de los muchos atentados culturales del aparato censor franquista, pues la prohibiría en su día; y acaso más relevante, la posibilidad de ahondar con su lectura en el reverso tenebroso del hippismo, en las trampas y mentiras de su reformulación histórica.

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Jaime Gonzalo.

El reverso de la movida

New Buildings

Se publicaba ayer en El País este nuevo texto, donde aprovecho la salida de dos recopilatorios para hablar del underground 80s de Barcelona…

El reverso de la movida

Sonidos industriales, electrónica y riesgo confluyeron en el ‘underground’ barcelonés de los ochenta. Dos discos resucitan aquel espíritu

Hoy parecería normal, porque la tecnología lo permite y el poder de las corporaciones discográficas ha decrecido dramáticamente, pero entonces equivalía a insensatez. A principios de los ochenta, todavía huérfano el transcurrir cotidiano de ordenadores personales y del universo virtual, de crowdfundings y de otras plataformas, Klamm, un humilde pero sorprendente grupo de rock experimental que comenzaba a dar sus primeros pasos en Barcelona, rechazaba la oferta de debutar en toda regla, servida en bandeja por la entonces todopoderosa CBS.

En aquella década de lo que se dio en llamar la movida, con el personal musical ansioso por protagonizar su particular pelotazo, soñando con fichar por una gran compañía y amasar cifras de ventas, se desarrollaba en los subterráneos de la Ciudad Condal una filosofía que sin pretenderlo devenía contramovideña: un pensar y un sentir amamantados por el espíritu libertario que la capital catalana hospedaba durante el resurgir de la CNT en los setenta y el zeitgeist de la tardocontracultura local, que en las antípodas de la actual “economía colaborativa” alentaban proyectos colectivos basados en el cooperativismo.

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Jaime Gonzalo.

Entrevista de A Wamba Buluba Club

Entrevista de A Wamba Buluba Club

El local barcelonés A Wamba Buluba Club cuenta en su sitio web con un interesante apartado de publicaciones propias. Entre ellas se publica hoy una entrevista en vídeo, de cerca de una hora de duración, en la cual respondo a diversas cuestiones relacionadas con la prensa musical, el oficio de crítico, la situación actual de los negocios culturales y, especialmente, nos detenemos en los significados de la contracultura, reflexionando sobre los puntos de vista que expresé en la trilogía Poder freak.

Podéis ver la entrevista en este enlace.

Entrevista en la Feria del Libro sobre ‘Nunca te fíes de un crítico de rock’

El pasado 7 de junio, la madrileña emisora-escuela M21 me entrevistó en directo durante la Feria del Libro de Madrid, dentro de una edición del programa «Madrid con los cinco sentidos». A continuación podéis escuchar el corte de la entrevista, dedicado especialmente a mi último libro, la antología Nunca te fíes de un crítico de rock:

«Dejad que los chicos se acerquen al rock», nuevo artículo en ‘El País’

Flamin' Groovies

Hoy se ha publicado en El País este nuevo artículo:

Dejad que los chicos se acerquen al rock

Si hay una banda que desmienta la eutanasia cultural que en los 70 se le practicaba al ‘rock’n’roll’ en nombre de la utopía lisérgica, esa es The Flamin’ Groovies

El rock’n’roll no feneció con Buddy Holly, al contrario de lo que aseguraba Don McLean. Ni la contracultura pudo con él. En plena catálisis psicodélica, Grateful Dead, Quicksilver Messenger Service y Creedence Clearwater Revival insertaban en su repertorio piezas de Chuck Berry, Bo Diddley y Dale Hawkins. La actuación más celebrada de Woodstock resultaba ser la de Sha Na Na, pandilla de bergantes universitarios comprometidos con el pingüe oficio del revivalismo de los cincuenta. Otro festival también de 1969, el Toronto R&R Revival, contaba en su cartel con Gene Vincent y Little Richard. En Inglaterra celebraban el London R&R Festival en 1972, protagonizado por Jerry Lee Lewis, Bill Haley y demás hipotéticos jubilados de una era extinguida.

Operadora de un renacimiento y no de una desmomificación, tonificante y atemporal, si hay una banda que desmienta la eutanasia cultural que en teoría se le practicaba al rock’n’roll en nombre de la utopía lisérgica, esa es The Flamin’ Groovies. Nativos de San Francisco pero desalineados de la gleba ácida, su nombre titila irreductible en el paladar de entendidos y estudiosos, usufructuario de un culto en constante renovación. Activos todavía con tres de sus miembros originales, aunque reducidos a pálido escombro de lo que fueron, no precisan de esa desvaída persistencia carnal para arrogarse la gloria. Durante doce rutilantes años, 1967-1979, orzando para escapar de vientos adversos, circunnavegaron los centros de gravedad de rock y pop con exquisitas y fehacientes maneras, a bordo de los seis inspirados álbumes grabados durante su cariacontecida singladura. Que se fueron todos a pique, pecios lastrados de tesoros.

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Jaime Gonzalo.

 

Los über yonquis de Metanfetalemania

Que gastaba fuste de estrella rock Hitler, y por extensión el nazismo, lo apostillan detalles varios: esas multitudinarias concentraciones de fervor escenificadas por Joseph Goebbels, preludiando con su pecuaria idolatración los festivales musicales; las imágenes documentales del Führer asediado por la sección femenina de las Juventudes Hitlerianas, cual histéricas admiradoras de los Beatles; las miles de cartas mensuales que recibía de su público, devocional correo de fan; los megalómanos delirios de Adolfo, tan seductora y llamativamente gestuales, amanerados, como pudieran serlos luego en su canibalizadora ataraxia los de Little Richard o David Bowie. Pero por encima de todo, su afición a las drogas, que le transfiguraban en aquel superhombre nietzscheano anhelado por el nacionalsocialismo, pero también en su contradicción: el über yonqui. Adicto terminal que con su capacidad de ingesta degradaba a William Burroughs y Johnny Thunders a humildes meritorios, pasó Hitler los últimos años de la guerra sistémica y artificialmente euforizado… hasta que se le agotaron las existencias. La súbita decrepitud, los ciclotímicos cambios de humor, el derrumbe mental y psicológico que a los 56 años harían de él un espectro de venas destrozadas y dentadura podrida vagando por el führerbunker, no eran síntomas del Parkinson, sino del monazo de Eukodal, por citar solo uno de los gorilas que le trepaban por la chepa.

Si las sustancias químicas aplacaron o espolearon su demencia no viene especialmente a cuento, aunque quepa preguntarse qué habría sucedido de disponer de acceso el frustrado pintor austríaco al LSD, o de haberle dado por la yerba, ya que en el contexto de la Alemania nazi hemos de hablar de una locura colectiva, nacional, y una droga sin paliativos, el propio nazismo per se. Toxicomanía social, trazó el nazismo una paradójica elipsis de la ebriedad que comenzó aplicando tolerancia cero a drogas y drogadictos, pasó a continuación a hacer de los estimulantes dieta esencial de un líder superado por su ambición, y acabó finalmente permeando con cocaína, heroína y particularmente metanfetamina a gran parte de la población, desde la soldadesca hasta las amas de casa, pasando por el sector obrero. Empleando las drogas como arma de Estado, daba el nazismo con la que en esencia sería la más maravillosa de las Wunderwaffe. Con ellas, pensaban, podía paliarse la inferioridad numérica y material de Alemania respecto a los aliados, sumergiendo a la población en la misma marmita en la que cayó Obelix de niño, en el néctar y la ambrosía que hacían inmortales a Zeus y el resto de númenes del Olimpo, no por ello menos sujetos a su fatum.

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