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Nueva columna en Rockdelux: «Creem: Celulosa zombi»

Se publica hoy una nueva edición de mi columna en Rockdelux, dedicada esta vez al documental sobre la revista Creem:

CREEM: CELULOSA ZOMBI

No debería suponer un acontecimiento excepcional que se le dedique un documental a una histórica revista de rock, ‘Creem’ (1969-1989); pero no solo resulta insólito, sino que ejemplifica el olvido y la devaluación que han hecho mella en este tipo de publicaciones. Junto a la avalancha de avances tecnológicos, y la transformación de hábitos de consumo en el mercado, invita esa circunstancia a reflexionar sobre el difícil presente e incierto futuro de la prensa musical impresa. Jaime Gonzalo, siempre tan optimista, se encarga de ello.

Es el de la música popular un género proclive al documentalismo cinematográfico, tan pródigo que ha dado hasta para vertebrar un festival especializado como el In-Edit. Escrutado a través de todos los niveles de la piramidal jerarquía de su industria, llama la atención que el periodístico todavía permanezca exento, lo cual, al fin y al cabo, no debería resultarnos inaudito. Ya a mediados de los setenta, hasta el último monosabio de la discográfica más cerril lo tenía claro: frente a la radio y la televisión, la palabra escrita era papel mojado. A la cola de sus intereses promocionales, mal vistos cuando no sospechosos, salvo las vacas sagradas de turno, quienes intentaban abrirse camino en la prensa rock, al menos la española, estaban considerados unos parias, gentuza en el mejor de los casos. Cierto, vivió aquella generación de plumillas los últimos esplendores del oligopolio discográfico, astillando algún que otro viaje, cena o vernissage, pequeñas dádivas en especies y limosnas varias, además del avituallamiento de novedades. Migajas, comparados esos “privilegios” con el relieve del que, contrariamente a lo estipulado por los ejecutivos discográficos, todavía gozaba entre la afición el oficio de escribir sobre rock y pop.

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Jaime Gonzalo.

 

Nueva columna en Rockdelux: «Humo en el agua: Milagros del rock»

Este pasado lunes, día 26, se ha publicado la nueva columna que he escrito para la web de Rockdelux, «Humo en el agua: Milagros del rock»…

Hechas la una para la otra, publicidad y música rock protagonizan desde hace tiempo proverbial simbiosis en el imaginario del espectáculo del consumo. En ese escenario donde se restañan los estragos del horror vacui y otras compulsiones humanas, la transformación del rock en abalorio de transversales destellos, bisutería simbólica, ha traspasado los límites del fondo musical para formar parte intrínseca del mensaje. Puede que el rock ya no ayude a transformar vidas, pero su complicidad para conseguir engañarlas se demuestra igual de útil, asegura Jaime Gonzalo.

Si tal modalidad existe, el ejercicio de cierto “pensamiento rock” no gana para chascos. Un pensamiento o reflexión crítica disidente, decimos, que, del mismo modo que negaba Kant condición científica a la metafísica, descarta a estas alturas la existencia del rock en calidad de fenómeno cultural y duda que su incidencia social, más allá del consumo de festivales, descargas y camisetas, se resuelva significativa, trascendente. A los lectores de prensa rock les incomodan estas monsergas, y a los críticos de rock conservacionistas tampoco les hace gracia que su cometido sea reducido a práctica forense. Recolecta el apóstata amigos, pues, al denunciar esas ilusiones que él considera falaces. Sería redundantemente iluso aguardar lo contrario. El rock, el rock’n’roll, es una cuestión de fe religiosa y fanatismo irracional, como el fútbol, e invocan los creyentes, y los que de él viven o sobreviven, mil razones para descartar discusión. Se venera en ese altar a un atiesado constructo, que, como Díaz de Vivar o los legionarios del fuerte Zinderneuf, pone su rigor mortis a disposición de unas pasiones que hacen insignificantes las ideas.

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Jaime Gonzalo.

Señales de humo: «Glosófagos sin paladar»

Se ha publicado recientemente una nueva edición de mi columna en Rockdelux.com, «Señales de humo»:

SEÑALES DE HUMO
Glosófagos sin paladar: Transfugismo linguístico.

Hablamos mal y escribimos peor. No son necesarios estudios demoscópicos para respaldarlo. En esa realidad, la prensa ocupa un papel nada halagador, según los expertos. El periodismo está perdiendo las formas y la de corrector de estilo parece una profesión sin futuro. Sea por regulación de plantilla o debido a la dejadez, llevamos camino de que no haya estilo que corregir. La prensa musical no es ajena a una problemática a la que se suma el uso cada vez más frecuente y abusivo de anglicismos, como si la castellana no fuera una lengua lo bastante solvente. Jaime Gonzalo reflexiona sobre ello en esta columna.

Reclamados y supuestamente remunerados por la Fundéu BBVA y la Fundación San Millán, escritores, periodistas y lingüistas del tinglado oficial, RAE incluida, se congregaban hace unas semanas en el X Seminario Internacional sobre Lengua y Periodismo, como en anteriores ediciones, con objeto de debatir los gajes de su oficio. En esta convocatoria el argumentario lo acaparaban los libros de estilo y su función en la era del tótum revolútum de la “marca personal”, sea esta lo que sea. A propósito de ello se lamentaba uno de los ponentes: errores y malas prácticas proliferan en los medios a falta de un control más riguroso. No solo escasean correctores, añadía otro participante, también son contados los actuales periodistas que pueden ser considerados como tales. Más allá de estos razonamientos, todos ellos potenciales pasadizos a bizantinas deliberaciones, en un mundo cada vez más normativo como el que hoy nos aprisiona lo que deberíamos sopesar es la necesidad de, gramática aparte, regular algo tan personal como es la escritura, incluso en la homogeneidad de un medio que se debe a sus propios criterios, sea rotativo, revista o panfleto. Ya es suficiente unicidad la del pensamiento; como mínimo, que no contagie a su formulación. Dadas las circunstancias, clamemos un sonoro “¡Viva la tautología!”.

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Jaime Gonzalo.

Señales de humo: «La puta calle: Tierra de todos, tierra de ellos»

Señales de humo: La puta calle

El pasado lunes 18 de noviembre apareció otra edición de mi columna en Rockdelux.com, «Señales de humo»:

Chispas echa por la pluma un columnista de cierto periódico digital porque el Ayuntamiento de Madrid ha decidido “regularizar” a los músicos callejeros. A partir de ahora, quienes pretendan deleitar o mortificar al transeúnte de la Villa y Corte con sus tañidos deberán superar un examen previo. A dos causas achaca el artículo esa medida: el afán recaudatorio de un cabildo que ya no sabe como zurcir los agujeros de sus bolsillos y la obsesión de la derechona, en cuyas manos se encuentra ese consistorio, por controlar la calle y lo que en ella suceda. De lo primero no cabe duda, si es que se determina aplicar tasas. La labor del poder que teóricamente representa al pueblo bajo el signo que sea consiste, entre otras cosas, con o sin crisis, en aligerar de haberes el saldo del ciudadano y fiscalizar al máximo sus actividades, que por algo quienes lo detentan son más listos y saben mejor qué hacer con el producto del esfuerzo ajeno. En cuanto a lo segundo, me permitirán que discrepe sin ánimo de llevar la contraria. Los conservadores no son los únicos que gustan de monopolizar asfalto y calzadas.

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Jaime Gonzalo.

Señales de humo: «Cenizas psicofónicas. Del horno al plato»

La semana pasada vio la luz otra edición de mi columna en Rockdelux.com, «Señales de humo»:

Si no un bonito cadáver, qué menos que dejar un “original” souvenir orgánico a deudos y allegados. Se acabaron los camafeos con mechones de pelo, los brazos incorruptos, las momias de cuerpo entero. La últimas tendencias señalan que nos perpetuaremos convirtiendo nuestras cenizas en un bonito disco de vinilo. Mortuorio fetiche donde se conservarán para la posterioridad las melodías que en vida nos marcaron, aquellos sonidos que se nos antojen o, dada la indecisión de muchos, el más sepulcral de los silencios. Jaime Gonzalo reflexiona sobre este espinoso tema.

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Jaime Gonzalo.

Señales de humo: «Secuelas del punk. Una costosa inversión».

Se publica hoy una nueva edición de mi columna en Rockdelux.com:

El punk, el oficial, el del 77, quiso acabar con la divinización del artista, entre otras ambiciones igualmente loables y malogradas, pero también sembró muchos malentendidos y practicó injustas purgas. En el saco de los dinosaurios a depurar, se introdujo con ellos toda una serie de valores que, si en algunos casos respondían a la celebración del exceso, en muchos otros contribuían al crecimiento intelectual del rock. Un prejuicio que el bumerán de la historia, parece, está empezando a desterrar.

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Jaime Gonzalo.

Señales de humo: «No digas más».

Ve hoy la luz una edición más de mi columna para Rockdelux:

Kevin Ayers

Kevin Ayers (1944-2013).

Por escrito o de viva voz, asunto delicado, el de entintar unas líneas de despedida cuando llega la hora de realizar el último adiós, por lo general dirigido a la bola terráquea y a los que en ella se quedan. Como si no recolectáramos bastantes preocupaciones en vida, viene esta a apurar la cuota, con el agravante de que aquello que se diga a las puertas de la muerte tiene más importancia que todo lo dicho mientras nos encaminábamos hacia ellas. Menuda papeleta, la de rellenarse uno mismo su epitafio y salir airoso del trámite.

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Jaime Gonzalo.